Amor online

Decidió esperar en la puerta de la cafetería que ella le había sugerido. A esas alturas ya no se ponía nervioso en las primeras citas. Le resultaba divertido. Unos días chateando a través de la aplicación y luego propuesta para un café.

En realidad llevaba bastante tiempo soltero, saliendo de vez en cuando con las chicas que conocía a través de internet. Había disfrutado de ese tiempo de soltería, pero desde hacía algún tiempo le empezaba a apetecer volver a estar en pareja.

Hacía casi dos años que no salía en serio con nadie y ahora que su empresa, a cambio de un contrato de condiciones económicas imposibles de rechazar, le había destinado a una ciudad diferente que apenas conocía, sentía que era un momento en que le apetecía buscar a alguien para compartir su día a día. Quería enamorarse, por cursi que a veces sonara en su mente.

Y a decir verdad hacía varias semanas que había conocido a una chica que cumplía sus expectativas. Verónica era empresaria, guapa, simpática, inteligente, buena posición social … Se sentía cómodo con ella y las veces que se habían visto, lo habían pasado bien juntos.

Sin embargo la inercia le hizo quedar de nuevo con una nueva chica con la que había empezado a hablar poco antes de conocer a Verónica, pero con la que por problemas de agenda no había podido quedar. Era cierto que le apetecía intentarlo con Verónica … pero los ojos de aquella chica y la aguda ironía con la que respondía a sus mensajes habían despertado su curiosidad.

En esos dos años había conocido a muchas chicas, y aunque había sido divertido pasar tiempo con ellas, pocas le habían gustado de verdad.

Cuando se separó de la que había sido su novia durante 5 años por desgaste de la relación, empezó a salir con amigos, pero cada vez le encontraba menos sentido a estar bebiendo en una discoteca hasta el amanecer y encontró en las aplicaciones de citas una buena alternativa.

Él siempre había sido un chico extrovertido y simpático. No se le hacía en absoluto extraño el entablar rápidas conversaciones “online” para conocer a mujeres, que en un primer momento le atraían por un buen físico diseñado en unas cuantas fotos.

Al principio, las primeras citas, el verse por primera vez sin apenas haber hablado antes, le ponía algo nervioso, pero pronto, gracias a su carácter abierto y sentido del humor, le empezó a parecer divertido y disfrutaba de esos momentos.

Por supuesto no siempre salía bien. Muchas veces, sobre todo al principio, en los primeros 5 minutos ya quería salir corriendo argumentando cualquier excusa. Sin embargo el tiempo y la práctica, le hicieron desarrollar algunos trucos y un sexto sentido para descifrar si aquella chica que le sonreía desde la pantalla de su Iphone, podía llegar a gustarle o no. Una buena ortografía, alguna pregunta sobre actualidad internacional o tratar de hablar al menos una vez por teléfono antes de quedar, para escuchar el tono de su voz y manera de expresarse eran algunas de las claves para asegurar pasar un rato agradable con una nueva Julieta extraída del frío entorno virtual a la calidez de alguna cafetería de diseño.

Pensaba en Verónica mientras esperaba en la puerta. Habían organizado una primera escapada juntos a esquiar y salían al día siguiente por la tarde. Le gustaba aquella chica, y ahora que se encontraba en esos minutos ociosos antes de que llegase su nueva cita, empezaba a plantearse si era del todo ético quedar una vez más con alguien nuevo.

Agitó la cabeza como sacudiendo las dudas de su cabeza. Verónica no era su novia. Al menos no todavía. Y si aquella chica no le hubiese despertado la curiosidad desde aquellos ojos oscuros y aquel cabello largo y liso, seguramente no hubiese quedado con nadie más. Pero… quería conocerla. Seguramente no sería tan guapa como en las fotos , como sucedía en la mayoría de los casos. Incluso él buscaba el mejor ángulo, para dar una imagen impecable, aunque a veces no sea el más cercano a la realidad. Quizás tampoco le resultaría tan divertida hablando como cuando le replicaba en los mensajes.

Tomarían un café y  se acabó. Esa sería su última cita antes de cerrar su perfil en la aplicación e intentarlo en serio con Verónica. Sabía que esos dos días en la nieve iban a ser decisivos.

Miró su Tag Heuer nuevo. Faltaban 3 minutos para las 19.00. Había llegado con tiempo suficiente de meter su BMW de empresa en un pequeño parking que cerraba a las 22.00. Creía que sería tiempo suficiente.

La ciudad era nueva para él y le resultaba algo molesta en su caos. Había escogido vivir en una lujosa urbanización fuera del núcleo urbano. Su trabajo en una gran multinacional le permitía trabajar a menudo desde casa y sólo iba a la oficina para las reuniones ineludibles.

Echó un vistazo al fondo de la calle y vio a una chica que venía con paso ligero agitando su melena. Era invierno y llevaba un abrigo oscuro corto que dejaba ver unas largas piernas cubiertas por unas tupidas medias negras y finiquitadas por unos finos zapatos de tacón. Dudó si era ella, hasta que pudo ver sus ojos. Eran oscuros, no muy grandes pero vivos y muy expresivos. Podía notar el peso de su mirada sobre él. Le reconoció al instante: “¿Iker, verdad? Soy Blanca”.teclacorazon

Se dieron dos besos y entraron en la cafetería. Ella le había hablado de aquél lugar, era el local de un diseñadorchileno afincado en la ciudad, que además de contar con una delicada carta de platos y vinos, era floristería y tienda de decoración. Le gustó. Ella también.

Conectaron en seguida, rápidamente encontraron conversación, y lo más importante, pronto llegaron a las risas. Se sintieron tan cómodos que el tiempo voló.

Era una chica deliciosamente sencilla, con un trabajo simple a pesar de que le pareció inteligente y cultivada pero no había tenido muchas oportunidades. Provenía de un entorno social que sabía que no encajaba con facilidad en su alto nivel económico. Aunque era algo que estaba presente en algún punto de su subconsciente, no quería dejar de conocerla y seguir desgranando cada feliz minuto al lado de aquella chica.

Pasaron de las 2 Coca-Colas inicialesa pedir una copa de vino y algo de cenar.

El tiempo voló entre aquella sonrisa y aquellos ojos que no le habían mentido desde el perfil de la aplicación. Pasó tan rápido que cuando miró por primera vez su reloj ya pasaban 15 minutos de las 22.00. Dio un respingo y ella se asustó divertida. Él leexplicó que debían irse corriendo si quería recuperar su coche esa noche.

Pagaron y salieron rápidamente del local. Corrieron entre risas pero era demasiado tarde. El parking, diminuto y antiguo, estaba cerradísimo y sin ninguna señal que revelara la más mínima posibilidad de contactar con alguien que les pudiese abrir.

Después de unos primeros minutos de tensión, golpeando la puerta, preguntando sin éxito en los bares de alrededor, se miraron agotados y se echaron a reír.

No lo dijeron pero ambos sabían que aquella situación tan absurda se debía a que se habían olvidado de todo durante aquel tiempo mágico que habían compartido.

Ella vivía en la ciudad pero no tenía c

oche por lo que sólo podía indicarle dónde coger un tren que le acercara a la urbanización donde vivía. Se ofreció a acompañarle caminando hasta la estación.

Él vaciló por un segundo y se le pasó por la mente la loca posibilidad de que ella le invitase a dormir en su casa, pero ahora que la conocía un poco, sabía que ella nunca se lo propondría. Ella no. Y no le parecía mal. Aunque lo deseara.

Se quedaron por unos largos segundos mirándose a los ojos. Y justo en ese momento pensó en Verónica y algo se derrumbó un poco en su interior.

Decidió que tomaría un taxi y volvería a la mañana siguiente a por su coche. Era lo mejor y se lo podía permitir.

Se sintió triste. Pensó en el fin de semana en la montaña que tenía ante sí con Verónica. Blanca le gustaba, pero de alguna forma sabía que Verónica encajaba mejor en su vida, tal y com
o estaba montada.

Paró a un taxi que venía a lo lejos y mientra se acercaba la tomó suavemente de los hombros y aquellos oscuros ojos hicieron que se estremeciese.

Ella lo miraba con ilusión, creía que  habría una próxima vez. Él quería besarla, pero le detuvo la certeza de que si la besaba quizá nunca se subiría a aquel taxi.

La besó en ambas mejillas y sintió un fresco olor a rosas que le acompañó hasta que se metió en el coche. Ella le miraba sonriendo: “Hablamos mañana”.

Mientras el coche arrancaba, él cerró los ojos y supo que esa sensación de duda, le iba a acompañar mucho tiempo.

Cuando el taxi salió de la ciudad para coger la autopista, él buscó el número de Blanca, miró la foto de su perfil por última vez.
A continuación bloqueó su contacto. Luego lo borró.

 

 

 

 

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Un arcoiris en el paladar

No recuerdo bien cuál fue el primer día que me senté en aquel banquito, pero una vez lo hice, me pregunté por qué no lo había hecho antes.

Estaba ubicado al final de un pasillo del metro, en el transbordo entre dos líneas, la amarilla y la verde. Era perfecto porque era un punto relativamente tranquilo donde nadie se detenía, no quedaba cerca de ninguno de los dos andenes. Todos estábamos de paso, con nuestras prisas, nuestras horas en punta y nuestros “en 2 minutos llego”.

Y allí, en tierra de nadie, yo encontré mi pequeño oasis cotidiano, un día de esos en que te despiertas más temprano de lo habitual y te regalas unos minutos de calma entre metro y metro.

Mi banco (a esas alturas ya era “mi” banco) quedaba justo en frente de una pequeña parada de donuts de todos los colores que alegraba la vista, pero que el gusto, seguro, no podría asimilar. Era como una ventana a la fantasía emergiendo del gris que invadía ese tramo de la estación.

Hoy me he quedado unos segundos absorta mirando, admirando y salivando ante todos aquellos apetitosos donuts recién hechos. Me imagino mordiendo todos y cada uno de ellos, para descubrir qué sabores esconden el color violeta o el turquesa o el amarillo pollo.

Una chica joven con el cabello recogido en una gorra con redecilla es la encargada de colocarlos cuidadosamente con unas pinzas en el escaparate de cristal. Es delgada y no demasiado alta. Tiene el cabello y los ojos negros y una expresión risueña.

Su semblante alegre casi ilumina la oscuridad de aquel retazo de cruda realidad matinal.

El agente de seguridad del metro que la observa atentamente desde una distancia prudencial parece pensar lo mismo. Es alto, no demasiado guapo, pero su rostro transmite una bondad que contrasta con el uniforme y la porra y esposas que lleva asidas al cinturón.

Se acerca tímido, dubitativo. Le cuesta mantener la mirada de la chica. Al final se decide por un donut de azúcar (el más común y a la vez sabroso de los donuts), que le pide con un leve tartamudeo.

Ella se lo sirve en un sobrecito de papel con una servilleta y un guiño. El chico se sonroja.

Testigo muda de la escena no puedo evitar una ligera emoción. ¿Cuántas veces pueden darse situaciones así en todo el mundo cada día? ¿Cuántas veces la magia prende en el lugar más anodino?

El chico rebusca en sus bolsillos el dinero para pagar. Parece que no encuentra la cartera y su rubor sube un tono más, a la vez que a sus ojos asoma un atisbo de vergüenza y a sus labios una disculpa. La chica de la redecilla le tranquiliza y le dice que no se preocupe, que ella le invita al donut si él le trae un café al día siguiente. El chico parece aliviado y una sonrisa cruza su preocupado rostro transformándolo. A él no se le ocurre mejor manera de sellar el acuerdo que con un fuerte apretón de manos que agita el menudo cuerpecito de la joven. Los dos rien y quedan en verse al día siguiente, a la misma hora.

Él se da la vuelta y se aleja con el dulce en la mano sin pensar si quiera en darle un mordisco. Ella continúa colocando su arcoiris de donuts en el aparador.

Yo sigo la secuencia sin apenas pestañear… Él esta a punto de doblar la esquina hacia la línea verde, ella sigue ordenando las bandejas… 5, 4, 3, … justo antes de perderse de vista, 2, 1 y… ¡ambos se giran para mirarse! ¡Bravo!

Casi se me escapa un “¡Sí!” de alegría, pero consigo controlarlo.

Rien, se saludan con la mano desde la distancia y continúan con su día.

Eso sí, ahora un poquito más felices.

Distraída por las mil mariposas que aletean en mi cabeza, busco en ese cajón de sastre sin fondo que es mi bolso, el móvil para ver la hora… ¡Es tardísimo! Me levanto como impulsada por un resorte y echo a correr por el pasillo. Seguro que me cae un sermón por el retraso.

Llego tarde, pero yo también sonrío.

Eso sí, ahora un poquito más feliz.

Donuts

And so it is

LluviaHabía bebido demasiado. Una noche más. Como antes.

Sus amigos ya se habían marchado a casa hacía un rato. Él se había quedado hasta que pincharon la última canción (la lenta melancólica de siempre que anuncia que la fiesta, por esa noche, se había acabado) y las luces de la discoteca se habían encendido.

Hacía tiempo que no salían juntos y les había costado reunirse pero, tras varios intentos al final lo habían conseguido.

Casi todos tenían pareja y niños y las salidas,inevitablemente, se iban espaciando cada vez más en el tiempo.

Salió del local y bajó hasta la calle principal en busca de un taxi. Parecía que había llovido y el suelo aún estaba mojado e iba sorteando algún charco. Era mediados de agosto y aquellas ocasionales tormentas de verano aliviaban el calor insoportable de ese verano.

Trabajaba mucho. Siempre había sido muy trabajador, pero en los últimos tiempos se había convertido más en un refugio, un alivio para la frustración que le provocaba su vida personal. Aunque en realidad, no quería reconocerlo ante sí mismo. Su único juez.

Durante toda su vida había sido muy exigente. Y por supuesto también lo fue para buscar a la mujer perfecta. Físico imponente, inteligente y cuenta corriente más que saneada eran los imprescindibles. Luego había otros puntos valorables, pero secundarios.

Estuvo con muchas mujeres, pero ninguna había conseguido convencerle para abandonar aquella vida disoluta y sin compromisos, salvo consigo mismo. Por otro lado, él creía que la elegida tendría un “je ne sais quoi” que le haría caer rendido a los pies de su diosa, esa que el destino, sin duda pondría en su camino y que le haría olvidar aquellas eternas noches de fiesta.

Ahora que su coronilla empezaba a despoblarse de algunos cabellos, la curva de su estómago no era tan plana, por fin se había casado y su mujer le esperaba en casa embarazadísima de su primer hijo. Quizá había esperado mucho, pero se había tomado su tiempo para disfrutar de la vida… y no se arrepentía.

Siempre estuvo convencido de que cuando la mujer ideal apareciese, él la reconocería y desearía comprometerse. Cuando ella llegase a su vida, todo cambiaría y él formaría junto a ella esa familia, que de alguna manera, también creía desear.

Consiguió parar un taxi solitario cuando ya empezaba a amanecer.

Conoció a su mujer una noche, como era lo más natural. Bella, joven e hija de un empresario. Algo frívola pero divertida. Lo pasaban realmente bien juntos. Sintió que con ella había llegado su momento.

Al poco de estar juntos ella le sorprendió una buena mañana con la feliz noticia de que iba a ser padre. Al principio titubeó mentalmente pero luego creyó que era la persona que había llegado a su vida para formar una familia y … no se arrepentía.

Ya sentado en el coche dio la dirección a un serio taxista de pelo blanco que parecía curtido por la vida y por interminables “patrullas” nocturnas. El conductor apenas se giró para hablar con él. Le pareció estupendo porque se sentía cansado y no tenía ganas de charlar.

En la radio sonaba sin tregua una música electrónica y machacona, bastante anacrónica con el aspecto del silencioso chófer. El sonido le martilleaba la cabeza bastante afectada por el alcohol y le pidió si podía poner algo más suave. A lo que el callado caballero contestó cambiando el dial con un leve gesto de mano.

Empezaron a sonar las primeras notas de “The blower’s daughter” de Damien Rice y sintió cómo su mente agradecía la nostálgica melodía.

Bajó un poco más el cristal de su ventanilla, cerró los ojos y dejó que el aire fresco de la madrugada le acariciase la cara. Aún se sentía algo mareado y confuso.

Se pararon en un semáforo y abrió los ojos. Vió que estaban frente al edificio donde hacía años había vivido una chica con la que estuvo un tiempo. Y de repente sintió que le invadía una sensación cálida con aquel recuerdo.

Le sorprendió cómo una oleada de ternura le recorría todo el cuerpo.

En apenas unos segundos recordó momentos vividos junto a ella, su dulzura, su ángel. No fue sencillo dejarla, pero tuvo que hacerlo y … no se arrepentía.

Habían compartido mucho pero ella no era lo que él buscaba. Ella no era la mujer que iba a hacerle desear transformarse en un hombre de familia. Ella no era…

Cerró los ojos de nuevo y las notas de la canción de Rice empezaron a cerrarse como una tenaza en la garganta y una punzada bajaba directa al centro del pecho.

El taxi arrancó de nuevo y el irlandés seguía cantando “I can’t take my eyes off you…”

Llegaron a su mente a borbotones mil imágenes. Despertares, anocheceres, días en la playa, desayunos y bailes juntos… Y también llegaron sus lágrimas, su dolor, sus reproches cuando él rompió.

“Did I say that I loathe you?”

Tuvo que hacerlo, sentía que ella no era lo que él buscaba…

y… no…. se arrepentía

….

“I can’t take my mind off you…”

Once

Ya no escuchamos los discos enteros como antes.

Recuerdo bien cuando era una adolescente y sólo existían los discos de vinilo y las cintas de cassette. Mucho antes de que pudieses elegir el “track” que quieres escuchar y saltar las canciones que no te encantan o te da pereza oír de un CD entero.

Por aquel entonces pasaba horas en mi habitación inventando estrafalarias coreografías con los vestidos largos de noche de mi hermana delante del espejo, escuchando el True Blue de Madonna, el Bad de Michael Jackson o bien tumbada en la cama a oscuras, pensando que la vida era terriblemente dura e injusta a los 15 años, el But Seriously de Phil Collins. Los escuchaba enteros, de principio a fin.

Non stop.

Ahora nos metemos en Spotify y nos limitamos a crear carpetas con las canciones que nos fascinan, las que más conocemos. Y entonces perdemos la oportunidad de abrir nuestras orejas a alguna canción diferente (nueva o antigua) y de dejarnos sorprender.

Pensando en la música del pasado y los diferentes formatos que he conocido, me he puesto a recordar cuándo había sido la última vez en que no había elegido las canciones en función del estado de ánimo que tenemos, o bien queremos tener. Entonces he viajado a finales del verano de 2008.

Pasaba unos días de vacaciones en casa de una amiga en Dublín. El año anterior se había estrenado la película Once, rodada íntegramente en esa ciudad, y la banda sonora  estaba interpretada por Glen Hansard y Markéta Irglová. Cine indie, pocos recursos de producción y mucha calidad musical.

Laura, mi amiga, tenía un pequeño reproductor de cd en la cocina de aquel acogedor apartamento cerca del corazón de Temple Bar y durante 10 días estuvo sonando la banda sonora de Once casi sin parar. No saltábamos ni una sola canción. Lo dejábamos sonar mañana, tarde y noche, dejándonos invadir por la nostalgia y la armonía de las canciones de desamor y ruptura que desgranaba en cada nota aquella pareja, que ya parecía ser amiga nuestra. Sus penas y alegrías eran nuestras penas y alegrías.

Hoy he recuperado las canciones de Once (dentro de Spotify, por supuesto). Apenas han empezado a sonar las primeras notas, atravesando los cascos, mis oídos y llegando a mi melancólico hipotálamo, he cerrado los ojos y ya no estaba en la oficina. Estaba en el piso de Laura, con la calefacción central de su apartamento encantado templando mi cuerpo y mi alma en las frescas noches irlandesas de principios de septiembre, con el olor a colada recién lavada de mi amiga y tratando de recomponer un corazón por entonces algo roto. Había que curarlo, porque como dice Jorge Drexler “tu corazón va a sanar… va a sanar y va a volver a quebrarse…”

Después de todo, buena parte de la vida trata de eso, caer y levantarseDisco-y-Tocadiscos, romper y restaurar. Y si la música en bucle nos ha de ayudar a pulsar cada nuevo latido…

bienvenida sea.

Mar y limón

Miró pensativa su perfume… Quedaban apenas unas gotas en el fondo.

Sentada en el tocador de su habitación después de ducharse y con el pelo aún húmedo apretó el dosificador  dirigido al interior de su muñeca izquierda y apuró cuanto pudo el precioso líquido. Acercó la mano a su nariz e inspiró profundamente. Se reconocía en aquel olor a rosas, lirio y vainilla que hacía casi 20 de años que usaba. Había sido irremediablemente fiel a su aroma. Tanto, que en su día a día casi no podía distinguirlo del olor natural de su piel. Se identificaba totalmente en él. Aquel perfume fundido en su piel daba como resultado un halo único que la definía de alguna manera.

Volvió a agitar el delicado frasquito de cristal y vino a su memoria el día en que lo estrenó. Era un mal momento en su vida, muy malo. Y recordó cómo se juró a sí misma, que cuando acabase aquel perfume, habría conseguido que su corazón se regenerase totalmente.

Había llegado el momento de rendir cuentas ante sí misma: el frasco estaba agotado. ¿Había reconstruido su alma?

Sí, se sentía bien. Atrás habían quedado las noches sin dormir con los ojos anegados de lágrimas, los días con el estómago cerrado y sin apetito, y los momentos grises y sin sonrisas en que nada parecía tener sentido.

Recordó cómo durante meses, se había ido superando a sí misma, cómo se había obligado a salir a la calle cuando sólo quería quedarse escondida en la cama, cómo se había embarcado en viajes para alejar de ella la tentación de esconderse tras cuatro paredes, cómo se había sumergido en libros, en aventuras, en nuevos aprendizajes. Había conocido a nuevas personas, algunas interesantes y buenas. A las otras, las olvidaba, cada vez más rápidamente.

Porque al final se trataba de eso, de atesorar personas, instantes, conocimientos que suman, que te llenan. Y dejar muy atrás todo lo demás. Sacarlo del corazón y relegarlo al pequeño rincón del cerebro donde guardamos todo aquello que acabamos olvidando, como los malos sueños. No merecen estar en ningún lugar más. Y el tiempo, como hace el viento con la arena fina, lo irá arrastrando hasta dispersarlo y hacerlo desaparecer.

Y no siempre había tenido las ganas de luchar, de vestirse, peinarse y salir a comerse la vida, pero lo hizo. Muchas veces. Cada día. Y al final, el esfuerzo le devolvía siempre alguna recompensa, por pequeña que fuese. Una sonrisa, un momento de paz, la calidez de alguien cercano. Y en el mejor de los casos, carcajadas de esas que te arrebatan por un instante el aire de los pulmones y te colorean el día de optimismo.

Aprendió a valorar como único todo aquello que amaba, y a no pensar en mucho más allá del día siguiente.

En los momentos en que los malos recuerdos hacían que las cicatrices aún frescas del corazón doliesen, se aferraba a la fragancia de cerezas en el abrazo incondicional de su sobrinita, el olor a la deliciosa comida recién hecha en la casa de sus padres cualquier sábado de invierno, la esencia de la crema para la cara que usaba su madre, al estrecharla entre sus brazos como cuando era una niña, los perfumes frescos y caros que anunciaban fiesta, de sus amigas cuando se ponían guapísimas y salían a reírse de sí mismas y ahuyentar los malos rollos.

Casi había amanecido totalmente, el sol se colaba entre las cortinas de su habitación y seguía sentada frente al espejo de la cómoda de su habitación, con la punta de su nariz apoyada en la cara interna de su muñeca y los ojos cerrados. De repente notó como un aroma marino mezclado con cítricos la invadía. Sin abrir los ojos sonrió. Unos brazos fuertes la tomaron de la cintura levantándola y abrazándola estrechamente.

Y no iba a pensar más allá de ese momento. Su momento.

Acqua

Inspiración

Me ha costado mucho levantarme. No es lo habitual pero hoy me he despertado muy perezosa y he tardado un cuarto de hora en arrancar. Sin embargo, en esos 15 minutos me ha dado tiempo de buscar bajo las sábanas algunos pensamientos positivos para empezar bien el día. Con la infantil esperanza de que esos buenos pensamientos atrajesen a la Campanilla de Peter Pan, esparciendo estrellitas luminosas con su varita, y consiguiese hacerme volar lejos de mi cama, he empezado a pensar en todas esas cosas que me inspiran.

Inspiración. La simple palabra ya es evocadora por sí misma.

He empezado a buscar en los recovecos de mi aún dormido cerebro aquellas imágenes de mis recuerdos que me despiertan ilusión, emoción, una sonrisa, un escalofrío… en definitiva, el placer de vivir.

Reconozco que al principio no ha sido fácil. Ayer fue un día duro, de esos que son para olvidar, pero poco a poco la luz se ha abierto camino entre los tenebrosos pensamientos de primera hora de la mañana.

La primera frase que ha venido a mi mente, ha cruzado mi cerebro como una exhalación. La escuché anoche en una peli que vi antes de dormir, Batman. The Dark Night. Hay un momento en que el personaje de Harvey Dent, fiscal del distrito, antes de convertirse en el malvado Two Faces, convoca una rueda de prensa para dar aliento a la ciudad de Gotham, asolada por la perversión y malignidad del Jocker más inquietante y atormentado de la historia, y dice ante las cámaras: “La noche es mucho más oscura justo antes del amanecer”. Es una frase que aún recordaba de la primera vez que vi la película hace varios años, porque me pareció brutalmente esperanzadora.

A partir de ese pensamiento, la promesa de un buen día ha empezado a tomar cuerpo, y con los ojos aún cerrados, no sé por qué, he recordado un amanecer en la reserva de Masai Mara en Kenya, una mañana que me levanté antes de la aurora para descubrir, somnolienta y boquiabierta, a una familia de cebras que paseaban tranquilas y elegantes a pocos metros de mi cabaña sin vallar. La naturaleza en su estado más salvaje latía a unos pasos de mí.

De la sabana africana, por caprichos de la mente, he saltado al recuerdo de un solitario anochecer en la Piazza della Signoria de Florencia. Me he visto de pie frente al Palazzo Vecchio custodiado por la fuente de Neptuno a su derecha, y entre otras esculturas, por una réplica del eternamente bello David de Miguel Ángel. Mientras, desde alguna trattoria cercana se escapaba el lamento en la voz de la Callas cantando como ninguna otra “O mio Babbino caro” de la ópera Gianni Schicchi de Puccini.

La íntima soledad de ese momento me ha llevado inexplicablemente a la dulce imagen de una pareja de ancianos paseando una tarde de domingo por mi calle. Iban cogidos de la mano. Ella caminaba con más dificultad y él la esperaba, mirándola con ternura. He recordado cómo en ese momento envidié cariñosamente esa complicidad y esa compañía mutua…

Haciendo el mismo ejercicio de hacer girar una ruleta de recuerdos en mi mente, me he sumergido en las turquesas aguas del Mar de Adamán en la costa de Tailandia. He revivido por unos minutos la sensación del agua templada abrazando mi cuerpo bajo un sol rotundo y rodeada de los peces con los colores más vivos que he visto jamás, que aleteaban descarados haciéndome cosquillas en los pies. He podido respirar la paz del silencio únicamente roto por el fluir del agua en torno a mí.

De la playa más bella he viajado a una noche de hace no mucho en que un espectáculo teatral me hizo vibrar. Un atractivo hombre en el escenario, con un elegante traje tipo años 50 y acompañado tan sólo de sus recuerdos de la niñez llenaba el escenario. Asier Etxeandía en “El intérprete” evocaba la balada favorita de su padre “I’ll never fall in Love again” de Tom Jones y hacía que las lágrimas brotasen de mis ojos añorando poder bailarla con un acompañante sin rostro ni voz, pero que consigue que me deshaga entre sus brazos.Las cuatro partes

Con la  voz cálida y el alma de Asier aún temblando en mis oídos, dejo el teatro Coliseum y aparezco paseando por los pasillos del Musée d’Orsay. Rápidamente busco la escultura que me cautivó en mi primera visita a París, “Las cuatro partes del mundo sosteniendo la esfera celeste” de Carpeaux. No es ni la obra más bella, ni la más conocida, ni la más perfecta del museo, pero es la que a los 17 años me hizo soñar con poder llegar a alcanzar todos los rincones del mundo.

Y cuando creo que me he sentado en el suelo de la antigua estación de tren de Orsay para admirar la escultura, me doy cuenta de que está lloviendo a mares. Un trueno acompañado de su relámpago me asusta y mirando alrededor veo que estoy en la cúspide de la pirámide de Chichen Itzá en el Yucatán mexicano. El corazón me late muy rápido, tengo miedo, casi puedo sentir la furia de los mayas en este lugar sagrado. Quiero bajar, no debería enfurecerles con mi presencia en su templo, pero los escalones, son altos, estrechos e irregulares. Cierro los ojos y siento como las gotas de agua caen por mi cara y empapan mi cuerpo. Sólo rezo para que el siguiente rayo no me parta en dos, como sacrificio a Kukulkán, la serpiente emplumada.

Cuando vuelvo a abrirlos estoy en la terraza de la oficina donde trabajo. Estoy a 10 pisos de altura, son las 12 y las campanas de todas las iglesias del centro, incluida la Catedral de la que alcanzo a ver el pináculo gótico, redoblan alegres llenando de color el aire de Barcelona. Me apoyo en la baranda de piedra bajo la mirada impasible de mi estatua favorita y remuevo mi café. Miro alrededor y no puedo evitar sonreir. Estoy profundamente enamorada de mi ciudad. Y sé que es un amor para siempre. No puedo pedir más.

Abandono la posición fetal y salto por fín de la cama.

Fuera ya ha salido el sol. Este año parece que la primavera tiene prisa por llegar. Seguro que con ella vienen nuevas aventuras, historias y emociones inspiradoras.

Me voy a la ducha.

Estigmas

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERAA vosotras. Mis amigas más valientes

Sentada en un asiento del vagón, se balanceaba al ritmo cadente del metro tomando las curvas sobre sus raíles. Aunque estaba absorta en mil pensamientos para no abordar el que realmente le preocupaba, vio con el rabillo del ojo que una chica joven embarazada de unos 7 u 8 meses estaba de pie unos metros más allá, y la invitó a sentarse en su sitio. La chica aceptó sonriendo y visiblemente agradecida.

Ahora que viajaba de pie, se agarró fuerte a la barra con ambas manos a la altura de la cara y apoyó suavemente su mejilla en ellas.

La visión de aquella futura mamá le devolvió a la realidad que la llevaba camino a aquella clínica de fertilidad. Y viajó mentalmente en el tiempo.

Un año antes había acudido a la consulta de su ginecóloga con el que era su marido. Llevaban los análisis que por suerte anunciaban que había luz verde para iniciar la búsqueda de un bebé. Al escuchar los resultados se sintió pletórica. Temía que por su edad ya estuviera fuera de tiempo para intentarlo y estaba tan ilusionada, que la emoción de poder formar al fin una familia junto a la persona a la que amaba, y cumplir el sueño de ser madre la cegó, y no acertó a ver que él, a pesar de los planes trazados entre los dos, no caminaba por su mismo sendero.

Recordó cómo llegó a la consulta poco después de la dolorosa e inesperada ruptura. Estaba entera, pero no tanto como para no romper a llorar cuando la doctora la reconoció y le preguntó si venía a comprobar si ya estaba en estado.

No. La consulta era para informarse sobre el proceso que debía seguir para quedarse embarazada por inseminación artificial.

Madre soltera. Aquel concepto tan fuerte y valiente que había vivido a través de amigas suyas. Fuerte, valiente… y duro, especialmente cuando no tenías planeado que esa iba a ser tu suerte. Pero estaba cerca de los 45 y no tenía demasiado tiempo que perder, así que a pesar de las dudas, los miedos y el corazón roto por la decepción que le dejó su marido, decidió no renunciar a uno de los sueños más importantes de su vida.

No fue un camino llano y de una sola dirección. En aquel metro recordó también que, tras aquella primera visita, fue a llevar los primeros resultados de los análisis a su doctora y tuvo un momento de oscuridad total cuando se vio en aquella sala de espera, donde había dos parejas esperando también. Ellas embarazadas. Ellos pendientes de sus parejas. Todos ilusionados. Durante unos instantes, sintiéndose más sola que nunca, casi deseó que la ginecóloga comprobase sus análisis y le anunciase que ya no había nada que hacer, que no estaba a tiempo de quedarse encinta. Era un pensamiento egoísta, cobarde, pero por un momento sintió frío y toda la soledad del mundo rodeándola y no tenía fuerzas para nada más.

Sin embargo, cuando la médico le informó de que las pruebas eran excelentes de acuerdo a su edad y que estaba lista para empezar el tratamiento, sintió como le invadía una energía vital surgida de la nada que la hizo bajar corriendo las escaleras del centro con una sonrisa y correr por la calle hasta llegar a casa de su mejor amiga y comunicarle que todo estaba bien y … Sí! Lo iba a hacer! Iba a luchar por conseguir a solas lo que ninguna pareja tuvo antes el valor de compartir con ella. Sabía que lo iba a hacer bien. Muy bien.

Pasó por los análisis, las ecografías, el pequeño infierno de la estimulación hormonal, la nada agradable extracción de óvulos… y ahora se encontraba en aquel vagón, haciendo equilibrios abrazada a la barra de sujeción del metro, camino de la clínica donde le implantarían sus óvulos inseminados. Si todo iba bien, en unos meses empezaría la aventura más alucinante de su vida. De alguna manera, hacía tiempo que ya la había empezado.

Llegó a su parada. Antes de bajar, echó una última mirada a la joven mamá que le sonreía desde el sitio que le había cedido. Le devolvió la sonrisa y saludó tímida con la mano.

En un día ya no muy lejano, seguro alguien le cedería a ella su asiento en el metro.