Una tarde con el jovencito Frankenstein

¡Qué maravilloso el día en que, tras varias semanas sintiendo molestias en una muela, decides que no es cuestión de dejarlo pasar más días (más de los que ya han pasado, quiero decir) y pides hora en el dentista!

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Tienes miedo, sí, pero cuando el dolor supera al miedo, sabes que ha llegado tu hora y llamas para pedir cita. Porque además estás segura de que cuantos más días pasen, más feo se va a poner, y con el tiempo, las cosas malas de por sí, solo van a peor.

Siempre.

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Así que rezando para que sólo sea un empaste simple, fácil y rapidito, cuando llega el día D sin pensártelo mucho (más), vas a la consulta como cerdito al matadero en San Martín.

Y cuando te sientas en esa suerte de potro de tortura, el jovencísimo dentista, que estás casi convencida de que está en prácticas de becario, empieza a observarte mientras abres la boca más que el león de la Metro Goldwyn Mayer, que piensas que si se acerca un poco más te lo vas a tragar sin masticar, desencajando las mandíbulas cual boa constrictor. Al cabo de varios minutos eternos empiezas a incomodarte por sus circunspectos “ummms”, y sus caras de desaprobación mientras no quita ojo de tu pobre muela.

Y antes de que el jovencito Frankenstein abra su boca para emitir su veredicto con cara de gravedad, a ti, que no puedes cerrar la tuya, aunque quieras, ya te empieza a temblar todo. Bolsillo incluido.

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Finalmente, te deja cerrar la boca y esperas su sentencia: Una complicación en un antiguo empaste te está tocando un nervio (y por lo que duele, el alma también te la está tocando) y hay que hacer una endodoncia. De entrada, no sabes lo que es pero ya te suena chungo. Y cuando te explica que hay que matar el nervio tocado y que va a ser un proceso de 3 días porque hay que ir dejando que se cure, con antibióticos y toda la historia, lo confirmas. Ya no hay duda: es algo MUY chungo.

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Pero lo peor es que como el dentista, que es muy profesional pero que no hay duda de que acaba de volver de su Erasmus, no está del todo seguro, llama a un colega para que reconfirme su diagnóstico. Y entonces de repente se produce el mágico momento, y como en un viaje astral, te ves a ti misma desde arriba, gracias a un espejo que hay estratégicamente situado en el techo (¿en serio esto es SOLO una consulta de dentista?), tumbada bajo la atenta mirada de dos jóvenes médicos. Y aunque tenga elementos de sueño erótico, la situación tira más a pesadilla… ¿erótica?

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No contentos con la certificación del segundo dentista, deciden llamar a un tercero, que se une a la fiesta y comienzas a tener complejo de pozo de los deseos con tres personas asomadas a tu boca. Y es justo en ese momento cuando te arrepientes de haber elegido el Little black dress que tan bien te sienta (porque el negro estiliza, esto es así) pero que trepa por las piernas en cuanto te sientas, y más si lo haces en una especie de silla-camilla, donde patas arriba, ya pierdes el poco glamour que te quedaba.

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Una vez decidido que sí, que lo matan, que el nervio está afectado y que hay que ponerse manos a la obra, proceden a pincharte la anestesia, y ya no sabes si estás más preocupada por la matanza de tu pobre nervio o por vigilar que la falda no suba más allá de lo estrictamente decente.

¡Dios bendiga la anestesia!

Porque a la que empieza a hacerte efecto ya te da igual un poco todo. Te relajas, te entra algo de sueño, y entonces lo del vestido trepador te parece una tontería… al lado de que se te caiga la baba por la comisura dormida, ya que no controlas la mitad de tus músculos faciales ¡Bravíssssima!

Aunque luego piensas: “¡Bah! Están acostumbrados a ver babas cayendo cada día!” A lo que quizá no están tan acostumbrados es a ver los cuatro pelos locos del bigotillo que hace días que no te depilas. Eso si que no hay quien lo disimule bajo la luz del foco, esa que es tan fuerte que estás dispuesta incluso a confesar que fuiste tú y solo tú quien asesinó a JFK.

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Y ahí ya solo rezas para que: 1) el dentista esté tan concentrado matando al nervio, que no repare en el “hípster moustache” que te gastas, y 2) que acabe prontito y dejes de tener esa sensación de ser Two face.

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Y al cabo de un par de horas, con suerte, ya estás lista y te puedes ir a casita, con un nervio menos, pero eso sí, con los nervios restantes de punta pensando en la próxima visita y la factura final.

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Autor: luzbouza.com

Te voy a contar algo...

4 comentarios en “Una tarde con el jovencito Frankenstein”

  1. Mi nervio por tu Little Black Dress de infarto. Microcuento de 10. Inteligente, con el punto de ironía justo y grandes dosis de humor casi negro. Un placer leerte. Para tu próxima visita al dentista, chandal de saldo y zapatillas de andar por casa. Saldrás de la consulta igual de pobre pero más tranquila fijo… Un abrazo!!!!

    1. Jajaja! Muchas gracias, Ruth. Un honor para mí que lo leas y que además te guste. A mí también me encanta leerte. Deberías plantearte plasmar tus agudos y desternillantes pensamientos, yo sería tu primera seguidora. Tú, un blog… no sé, piénsalo 😉. Un abrazo grande!!

  2. No esperaba menos de ti
    Me encanta eres genial
    No dejes de escribir bouzada soy tu fan
    Ahora desde que soy fan de la vecina rubia hablo por frases que pasa
    Besos crack

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