La ventaja de la intuición

Ella le observó desde la cama. La puerta del lavabo estaba entornada mientras él, tras ducharse y creyéndola aún dormida, miraba serio la imagen que el espejo le devolvía.

Pero ella no dormía, solo permanecía muy quieta mirando y admirando el cuerpo que había sentido muy suyo durante varios meses. A pesar de que sabía que esa había sido su última noche.

Se habían conocido de forma casual en el típico local de café para llevar en un área de empresas. Hora punta justo antes de entrar a las oficinas, cafetería de metal que servía café industrial, muy azucarado, muy caliente, muy artificial, muy necesario para abordar la jornada. Aquel día la “máquina” bien engrasada de producción nipona se estropeó y se formó una cola interminable de zombies aún muy dormidos sedientos de cafeína. Lo extraño era encontrarse con una cara amable en ese entorno tan hostil como un pasaje de “1984”.

Cafe

Y sin embargo, allí estaba él, derritiendo todo el hielo de aquella mañana de invierno con una sonrisa.

 

Ella se giró casualmente por esa típica sensación de cuando nos sentimos observados, y se encontró con su mirada divertida dos personas por detrás de ella. Abrumada, apartó rápidamente la mirada devolviéndola al frente, donde las camareras seguían sin poder arreglar la avería de la cafetera perfecta. Imperfecta justo esa mañana.

Seguía notando la fuerza de la mirada de aquel chico en su nuca y al cabo de unos segundos no pudo evitar volver su vista de nuevo hacia él. Sí, sin duda la miraba a ella y le sonreía dando calor y color a sus mejillas, y a todo su cuerpo, a pesar de que en la calle empezaba a chispear bajo un cielo gris plomo.

Los zombies de la cola, ya malhumorados empezaban a desesperarse, pasaban unos minutos de las 9 y debían estar ya en sus oficinas, así que empezaron a resignarse ante la idea de que no iban a poder tomarse su dosis esa mañana. Algunos empezaron a abandonar la cola y él ganó aquellos dos espacios que le separaban de ella, poniéndose muy cerca de su espalda. A ella no le hizo falta girarse para saber que le tenía justo detrás y no pudo evitar que una sonrisa se le escapase entre sus labios apretados.

La máquina volvió a funcionar y cuando llegó el turno de ella, él se apresuró a pedir dos cafés con leche. Ella le miró sorprendida, él le guiño un ojo y le dijo “Te gusta con la leche fría ¿verdad?”. “No -mintió ella- y no deberías colarte”.

“¿No? -respondió él con cara cómicamente contrariada y rascándose la cabeza- Juraría que toda esta semana te he oído pedir cada día el café con la leche fría…”. Desconcertada, tras un segundo, rompió a reír, rindiéndose al descarado encanto de aquel chico. Todo intento de resistencia fue en vano y aceptó cuando, después de tomar ese primer café juntos, la invitó a cenar un día de la siguiente semana.

Tras esa cena vino un cine, y después un teatro. A lo que le siguió un fin de semana en un hotelito rural en la montaña. Sus barreras iniciales fueron cayendo una a una. Él destilaba energía y alegría y juntos lo pasaban muy bien. Sin duda era alguien con quien podría plantearse algo serio. Pero ¿podría él?

A pesar de que no era un hombre que parecía ocultar nada relevante, tampoco sentía una entrega total y transparente por su parte, como la que ella empezaba a necesitar mostrar. De alguna forma, ella percibía que una línea fina en invisible, apenas perceptible, les separaba.

Apenas habían hablado de su pasado, pero sí que conocía una historia que le había marcado algunos años atrás. Aunque él había tenido muchas aventuras con varias mujeres, sólo se había enamorado una vez y fue de Blanca. A pesar de que ella no era celosa, y solo habían hablado de su exnovia en esa ocasión y sin mucho detalle, sentía cómo la sombra de Blanca le pesaba como una losa. Él no era el tipo de hombre sentimental ni enamoradizo, por lo que sabía que aquella había sido una historia importante. Ni tan solo el hecho de saber que había roto él, la tranquilizó.

Sin embargo, decidió apartar esa preocupación y apostar por su historia. En cualquier caso, no quería pensar más en el pasado. Ellos dos también podían tener una gran historia, incluso más grande que la anterior. ¿Por qué no?

Pero esa noche…  Esa noche le notó diferente. Maldita intuición. ¿Por qué a veces notamos, sentimos, sabemos que algo no va bien, incluso cuando no es evidente para nadie más?

Hubiese dado lo que fuese por no haberlo notado, por no haber visto que más allá de aquella sonrisa amplia y tranquila que ella empezaba a amar, sus ojos no la miraban como siempre. Que sus manos hoy distraídas, no buscaban su cintura, ni acariciar su piel como solía hacer.

Y luego, la confirmación velada: él la acompañó a casa después de cenar con la intención de no quedarse a pasar la noche porque a la mañana siguiente debía madrugar.

Pero ella, aun sabiendo que ya le había perdido, quiso robarle una noche más.

Sentía que Blanca había vuelto de alguna manera, porque en el comportamiento de él se reconocía a sí misma en sus propias historias del pasado. Ella también había tenido un amor inolvidable que había reentrado en su vida haciéndola dejar todo para volver con él. Podía leerlo en sus ojos. Y sabía que pasar una noche más con él, solo significaría un dolor mayor al día siguiente.

Aun así, escogió ese dolor. Siempre sería menor que el que le provocaba solo pensar que no volvería a abrazarle más. No era falta de dignidad, no era falta de amor propio, ella se conocía bien, sólo quería una noche más. La última.

No iba a negarlo, claro que albergaba la diminuta esperanza de que solo fuese una mala interpretación, de que, en realidad, todo siguiese igual entre ellos… pero sabía que era una probabilidad ínfima.

Aun así, le pidió que se quedase con ella esa noche. Y él no pudo negarse.

Tras vestirse, se sentó en el borde de la cama. Ella aún estaba tendida, cubierta únicamente por la sábana, vulnerable. La miró fijamente sin acariciarle la cara como solía hacer. Ella cerró los ojos y esperó sus palabras como el reo que espera el disparo de gracia: “El viernes me encontré con Blanca en el trabajo.”. Ella se incorporó, apoyó un dedo en sus labios y serena le dijo: “No sigas, lo sé, no necesito que me expliques, prefiero no saber más. Hemos llegado tan lejos como podíamos llegar. Yo hubiese continuado, pero este camino que tú has recorrido lo recorrí yo antes en otra historia y sé que tú y yo no tenemos más vía que caminar juntos. Vete, estaré bien, estarás bien. Permíteme que no te acompañe a la puerta, a ninguno de los dos nos gustan las despedidas. Cuídate.”

La miró sorprendido, ella le devolvió la mirada convencida, firme y con una suave sonrisa en los labios. Él triste, bajo los ojos. Aunque realmente había querido formar junto a ella una pareja sólida, siempre sintió que faltaba algo y en cuanto vio a Blanca de nuevo, supo que nunca había vuelto a ser tan feliz como lo había sido con ella. No sabía si la podría recuperar, lo que sí sabía es que no podía, no debía lastimar a aquella mujer que tenía frente a él y que tanto cariño le había dado en los últimos meses.

Antes de cerrar la puerta tras de sí, esperó un segundo, tomó aire y dudó por un instante. Sabía que podía estar equivocándose, pero por una vez, debía seguir las indicaciones de su corazón. Cerró los ojos y encajó la puerta sin hacer ruido.

Ella esperó en la cama, sentada con las rodillas abrazadas un minuto más y luego se levantó. Mientras se duchaba, se permitió derramar las últimas lágrimas por lo que pudo haber sido. Cuando salió de la ducha se secó ojos y cuerpo, y se vistió. Se preparó un café con la leche fría y miró por la ventana. Fuera empezaba el verano, toda una vida le estaba esperando. No era el día en que todo acababa, era el día en que todo estaba empezando.

Vio su reflejo en el cristal de la ventana y aún con cierta tristeza, se sonrió.

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