Un mar de esperanza

Hacía casi un mes que había partido como voluntario a Lesbos para ayudar a socorrer a los refugiados que llegaban a la costa de la pequeña isla. Durante ese tiempo estuvo inmerso en la experiencia y teníamos el contacto justo para saber que todo iba bien.

Sin embargo los cortos mensajes de whatsapp no eran suficientes para saber lo que realmente estaba pasando más allá de las situaciones que yo misma veía y escuchaba en las noticias.

La noche en que quedamos para cenar a su regreso, más allá de su habitual alegría y sentido del humor, me pareció percibir en su mirada algo más profundo, un punto entre la calma y la tristeza, pero con un transfondo que no acababa de descifrar.

Durante la cena, más serenamente de lo que era habitual en él, fue desgranando poco a poco todo lo que había vivido. Al principio, como quien quiere abordar un tema complicado empezando de una forma suave, me describió la impresionante riqueza, en parte salvaje, que reinaba en la isla helénica.

Me explicó todo lo que tenía que ofrecer ese rincón mágico semi desconocido del Mediterráneo, poblada por pintorescos anfitriones improvisados, de corazón y brazos abiertos y por ovejas, muchas ovejas, que a él y a los demás voluntarios, les habían regalado los momentos más simpáticos de su estancia. Habló encantado de las exquisitas frutas y hortalizas que la misma tierra, llena del mismo sentimiento de acogida que sus habitantes, ofrecía a sus inesperados y desesperados huéspedes: los refugiados.

Mientras hablaba, cada vez más, iba descubriendo en sus ojos una luz diferente a la que había visto desde que le conocía. Era emoción y… algo más.

Me habló de la increíble calidad humana de los voluntarios que conoció allí, esas personas que han detenido sus vidas tal y como las conocían hasta ese momento, sólo para ayudar e iniciar otra vida, una más real, generosa y entregada a personas totalmente desamparadas que no hablan su mismo idioma, que tal vez no tienen su mismo color de piel, pero con las que tienen en común el mismo derecho a la vida. Una vida digna.

Me contó que aquellas personas, que ya no tienen nada que perder, se lanzan al mar con lo puesto y con lo que la guerra ha dejado de sus familias, a recorrer sobre barcas precarias y falsos chalecos salvavidas casi 14 km de mar, ateridos de miedo y frío. Muchos de ellos es la primera vez que ven el mar, y en el peor de los casos, la última. Son familias con niños y bebés, obligados a viajar separados en diferentes embarcaciones por los mismos traficantes con el objetivo de doblegar aún más su voluntad y exprimir al máximo la poca riqueza que ya pueda restarles. Son seres humanos a los que han desprovisto de su tierra, de sus bienes y casi de su propia entidad.

Con la pena dibujada en su cara me explicó cómo los voluntarios al llegar a la costa se encuentran a personas con hipotermia, deshidratación y dominadas por el pánico,  y cómo ellos tratan de darles calor, agua, alimentos y a base de amor, recordarles que, a pesar de todo, nadie puede arrebatarles su dignidad humana.

Lesbos

A medida que avanzaba el tiempo, mientras cenábamos, sus ojos me miraban sin verme, con cierto velo de dolor en la mirada y aquel algo más que yo seguía sin descubrir, cuando me contaba que en las guardias nocturnas se le clavaron en los oídos, en la mente y en el corazón los gritos y lamentos de dolor y terror que parecía proferir el mismo mar, cuando alguna balsa se acercaba a la orilla de la isla. Algo que no olvidará jamás.

Al despedirnos le pedí que me dijese en una sola palabra qué se había traído grabado en su alma para siempre; entonces cerró los ojos por un segundo, después miró al cielo de la noche que ya nos había atrapado y contestó no sin antes dudar un momento: “Es difícil escoger una sola palabra…. Amor, generosidad, alma… pero si tuviese que decirte una sola que recogiese todo, te diría HUMANIDAD”.

Y fue justo en ese instante cuando descubrí qué era aquello que llevaba viendo toda la noche en el fondo de sus ojos.

Antes de separarnos le abracé fuerte en un intento de “robarle” sólo un poquito de todas aquellas cosas buenas que había traído de “su” isla. Esa isla donde cada día siguen conviviendo la vida y la muerte, el terror y la esperanza, el bien y el mal…

Definitivamente, no existe nada más humano.

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