La chica del espejo

Llevaba 7 años casada y se consideraba una persona moderadamente feliz.

De su matrimonio había nacido una niña preciosa, despierta y muy alegre, que acababa de cumplir 4 añitos. Tanto su marido como ella, tenían un buen trabajo que les permitía vivir, si no con lujos, sí con tranquilidad. Y esa paz económica, tras algunos momentos críticos para sus bolsillos del pasado, le aportaba ahora cierta libertad.

Realmente, poco más podía pedir. O eso pensaba ella.

Como a todos, la rutina diaria consumía todo su tiempo y a veces, cuando los estirones de crecimiento que daba la pequeña la pillaban desprevenida, sentía ese pequeño pellizco de angustia que suele provocar la inexorabilidad del tiempo cuando se manifiesta. En esos momentos, la cogía en brazos para hacerle las cosquillas que tanto la hacían reír, a la vez que reprimía las ganas de rogarle que no creciese tan rápido, que no dejase de ser su niña.

Los días transcurrían sucediéndose como pequeñas fotocopias. Despertador, beso rápido antes de levantarse, ducha veloz, desayuno express para tres, un “quetengasunbuendíacariño” y corriendo al cole, para luego volar hasta aterrizar en la silla de la oficina. Jornada laboral anodina y sin demasiados sobresaltos, vuelta al cole para recoger a la pequeña y correr de nuevo a casa, a ayudarla con esos deberes que no dejaban de sorprenderla por lo distintos que le resultan de los de cuando ella era niña. Después, perpetrar una cena de campaña, y antes de dormir, cuento para la niña y serie de televisión interminable para mamá y papá. Serie que, además, se encuentra en ese punto absurdo que alcanzan las sitcoms eternas y que seguro te hacen adormilarte en el sofá, para luego trasladarte como un zombie a la cama… eso sí, rezando para que alguna de las típicas preocupaciones no te desvele hasta las tantas y te regale cara de oso panda para el día siguiente.

Como novedad que rompía la rutina, esa semana les iban a traer un armario nuevo para una especie de trastero pintado de color lavanda que tenían en su piso y donde ella tenía pensado guardar su ropa. El armario de la habitación de matrimonio no tenía espacio suficiente para la ropa de los dos, y cuando su marido le propuso comprar uno nuevo para la minihabitación, le pareció una gran idea.

Esa tarde la niña se había quedado en el cumpleaños de una amiguita del cole y él, que salía más tarde que ella de trabajar, la pasaría luego a recoger, por lo que al llegar a casa estaba sola. Y fue entonces cuando se encontró con la sorpresa que él le había preparado.

La pequeña habitación lila estaba totalmente cambiada. No quedaba ni rastro de los trastos que la ocupaban habitualmente y la estancia aparecía limpia y reluciente. Un sencillo pero precioso armario esquinero color crema, con un espejo estrecho que ocupaba una de sus puertas, dominaba el espacio, dejando sitio para un pequeño sillón del mismo color, bajo la ventana que daba a un tranquilo parque. Era casi otoño, por lo que, aunque aún había bastante luz natural que llenaba la pequeña estancia, la tarde empezaba a caer y ese sol anaranjado de finales de verano le daba a la habitación una calidez que casi la hipnotizó. Aún con los zapatos y el bolso colgando del hombro no resistió la tentación de sentarse en el acogedor sillón, que pareció abrazarla, y respiró hondo. La estancia olía a limpio y fresco. Era aquel aroma a madera el que le evocaba algo nuevo. Le invadió esa sensación de inicio de ciclo pero había algo más. Había cierta emoción contenida en toda esa atmósfera que no acababa de definir…

Decidió ponerse cómoda para disfrutarlo mejor. Se sacó los zapatos, dejó el bolso en la entrada y se puso la raída camiseta de la uni y los pantalones cortos  que solía llevar por casa y caminó descalza hasta aquel rincón redescubierto. Cogió el libro que había empezado hacía mucho y nunca tenía tiempo de leer y se arrellanó en el sillón color crema. Cuando abrió el libro, no pudo evitar la coquetería de observarse a sí misma reflejada en la luna del espejo del armario y sonrió.

Y entonces se dio cuenta. La emoción que la llenaba era algo que hacía mucho que no sentía. Era la sencilla sensación cotidiana de cuando vivía sola y tenía pocas preocupaciones. Ella no se daba cuenta, pero la vida entonces no le exigía mucho más que preocuparse de su trabajo o de sus estudios, de cuidar de sí misma, de divertirse con su familia y amigos.

En los últimos años, sin darse cuenta, se había autodesplazado tanto de su propia vida, que esa evocación tan cálida que ahora la recorría desde los dedos de sus pies hasta las puntas de sus cabellos la pilló totalmente desprevenida. Cerró el libro y también sus ojos para retenerla un poco más.

Descubrió que en ese entonces no era consciente de los pequeños placeres de la vida independiente, por esa absurda y tan humana obsesión de pensar en lo que nos falta, en lugar de sumergirnos en todo lo que sí tenemos.

Y aun así, había sido muy feliz. Y ese pensamiento tan rotundo la hizo sentir plena. Sobre todo, porque enlazaba con un nuevo pensamiento que la situaba en el presente, y es que su vida actual iba a tal velocidad que no le había dado ni tiempo de darse cuenta de lo mucho que había llegado a olvidarse de aquella chica soltera e independiente que soñaba con enamorarse locamente. Y con formar una familia. Y con seguir creciendo personal y profesionalmente. Y con no dejar nunca de aprender cosas.

Aquella habitación lila, aquel armario que desprendía olor a madera nueva y aquel sillón crema le hicieron prometer a la chica que fue, que no la abandonaría más. Para rubricarlo, guiñó un ojo a la mujer que le miraba sonriente desde el espejo.

En ese momento entraron en la habitación su marido y la niña. Tan concentraba estaba que no les había oído llegar. La pequeña trotó hasta abrazarse a ella y le dijo con su vocecita cantarina: “¡Mami qué habitación tan chuli! ¡Huele a ti!”. La levantó en brazos para hacerle cosquillas hasta que la risa invadió su pequeño cuerpo y luego la abrazó fuerte. Miró a su marido sonriendo y dibujó con sus labios un “Gracias” que era un “Te quiero”. Él apoyado en el marco de la puerta, divertido con la risa de su hija, le contestó un “De nada” silencioso, que era un “Te lo mereces”.

Y en algún punto de su interior, aquella chica soñadora que siempre fue, le rogó que no se olvidase más de ella. “Tendremos una cita siempre en este sillón. Para leer, para escribir, para pensar, para que no te olvides.

No me falles”.ventana

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La segunda oportunidad

Entró en casa y el silencio absoluto le hizo pensar que estaba sola a pesar de que la puerta no estaba cerrada con llave.

Esa tarde de verano tenía poco trabajo y había salido un rato antes de la oficina. Le apetecía dar una vuelta por la dársena del puerto. Necesitaba pensar.

Llevaba meses preguntándose si era feliz junto a él, y no daba con la respuesta. Por miedo. A equivocarse, a la soledad, a sentir dolor.

Se sumergía cada mañana en su vida, abrazando la rutina de trabajo y la desidia de su vida junto a él. Le asaltaba la duda de si más que vivir, quizá simplemente estaba sobreviviendo. Y había días en que el solo pensamiento la hacía zozobrar en un mar de indecisión.

Esa tarde frente al mar había tomado por fin una decisión. No sabía si era la acertada, no sabía si iba a cometer un gran error, no sabía si perdería al amor de su vida. Lo que sí sabía era que necesitaba detener esa angustia que llenaba sus días y si eso implicaba dejar aquella relación, lo haría. La incertidumbre la agobiaba demasiado.

En cuanto atravesó el umbral de la puerta de la habitación lo vió. Estaba tumbado boca abajo en el suelo, inerte y en ese instante se detuvo el tiempo.

El gritó que soltó le ayudó a recuperar su propia respiración y corrió a levantarlo, a comprobar si respiraba, a intentar reanimarlo.

“No… no… no…”, repetía como una letanía sin parar, mientras era incapaz de saber si su corazón aún latía.

Buscó con desesperación el teléfono en su bolso, marcó el número de emergencia y tras pedir atención médica, dio la dirección de su casa y rogó que corriesen.

Después, no pudo hacer nada más que abrazarse a su cuerpo, y sollozar sobre su pecho mientras rogaba a algún Dios no perderle.

Lo que le pareció una eternidad duró apenas 10 minutos, el tiempo que tardó en llegar una ambulancia con un médico y un técnico que tras un rápido reconocimiento determinaron que podría haber sido un infarto, y que debían trasladarlo rápidamente al hospital.

Lo siguiente pasó como lo había visto mil veces en las películas: ella sentada en la ambulancia junto a él sujetándole fuerte la mano, susurrándole que no la dejase. mientras él, aún inconsciente, se desdibujaba tras la máscara de oxígeno.

Pasaron varias horas antes de que la doctora saliese a informarla. En esas horas revivió los mejores momentos de los años compartidos. Rememoró lo felices que habían vivido la mayor parte del tiempo: viajes, risas, complicidad… Y pronto vio claro que la apatía que la embargaba los últimos tiempos había sido básicamente creada y fomentada por ella.

Sí, lo vio claro. A lo largo de su vida se había comportado como una niña caprichosa en todas las áreas de su vida. Estudios, trabajo, amigas, familia, novios… al principio todo era como un juego nuevo y divertido hasta que se cansaba, entonces se aburría y lo apartaba de su camino.

Pero esta vez iba a ser diferente, juraba a modo de promesa a una fuerza superior. Si él salía adelante ella daría un giro a su actitud y le demostraría lo mucho que se había dado cuenta que le quería.

Había sido efectivamente un leve infarto, y a pesar del tremendo susto, gracias al hecho de que había pasado muy poco tiempo desde que se produjo la pérdida de conocimiento hasta que fue atendido, ya se encontraba fuera de peligro. Se recuperaría sin problemas siguiendo las indicaciones médicas, además de alimentación sana y por supuesto una vida lo más tranquila posible.

Sonrió con lágrimas en los ojos estrechando la mano de la médica con gratitud: La vida le daba una segunda oportunidad y no iba a desaprovecharla ahora que sabía que había tenido un aviso casi providencial.

La doctora le dejó pasar a visitarle. “Ha pedido verte. Pero solo unos minutos, necesita descansar.”

Cuando entró, le pareció que estaba muy pálido, pero le regaló una leve sonrisa. Ella lo abrazó suave pero sólidamente. No quería soltarle más.

Él carraspeó antes de apartarse sutilmente. La miró profundamente y un gesto de seriedad le ensombreció el rostro: “Gracias por avisar a la ambulancia, si no fuera por ti, quizá no habría podido contarlo”. Ante su solemnidad, que ella interpretó como agotamiento y preocupación por el mal momento vivido, se retiró un poco sin dejar de tomarle las manos. Estaban heladas.

Antes de que ella pudiese preguntarle qué le sucedía, no sin cierto velo de incomodidad, él prosiguió: “No sé si es el momento de hablar de esto, pero siento la inmediata necesidad de hacerlo.

La vida me ha avisado de lo volátil que puede ser. Todo es fugaz, todo puede cambiar en un segundo. Y necesito decirte que hace ya un tiempo que percibo que no eres feliz.”

Sonrió algo desconcertada, acercándose apenas unos centímetros para calmarle, para decirle que sí que era verdad, que había estado displicente, pero que se había dado cuenta a tiempo y que todo iba a cambiar, que tenía ganas de ser feliz a su lado. Sin embargo, él con un suave pero firme gesto se soltó de sus manos. “Por favor déjame que continúe. Siento que debo hablarte ahora.” Ella tensó la espalda dejando las manos sobre su propio regazo con desazón. No entendía qué estaba pasando, ella también había entendido el mensaje de vida: tenía que luchar por estar juntos y ser felices. Pero se lo diría luego, dejó que él continuase:

“He intentado por todos los medios no ser un capricho más en tu vida, no ser un juguete gastado de los que te cansabas tan rápido. Durante un tiempo fue sencillo, pero luego cuando empezaba a ver cómo llegaba lo inevitable, seguí peleando sin querer reconocer que estaba corriendo la misma suerte que todo lo demás en tu vida.

Mi cabeza no quería verlo, pero mi corazón lo ha sentido todo el tiempo hasta romperse.

Desde que he recuperado la consciencia no he podido parar de pensar que no puedo permitirme vivir expuesto a los antojos de alguien que no me quiere, que deja de luchar en cuanto la vida deja de ser novedad y diversión.

Para no hacerlo más complicado, prefiero que lo dejemos hoy aquí y ahora, para recuperarme solo, para devolverle a mi corazón el amor que le ha hecho partirse.”

Ella le miró con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón detenido.

Pero lo entendió.

Entendió que a veces tener una segunda oportunidad no tiene el mismo significado para dos personas. Y que a veces, puede ser demasiado tarde.

Latido

Volutas de humo

Café Gijón, 1950

Sentado en una esquina del local, pidió al servicial Matías sus churros con chocolate bien caliente de cada domingo. Estaba hambriento por el riguroso ayuno que su madre, religiosamente, le obligaba a cumplir hasta después de haber escuchado misa de 9. Tras atender medio dormido a la homilía del padre Federico, dejaba a su estricta, aunque amorosa madre en casa y corría al Café Gijón a reponer fuerzas.

La causa de su somnolencia eran las pocas horas de descanso que le dejaban las rondas del sábado noche con sus amigos. Sin embargo, nunca fallaba a la cita dominical con su madre en la Iglesia de San Pascual del Paseo Recoletos. Y más litúrgico aún, era su compromiso con los churros con chocolate del cercano Café Gijón. Su madre, viuda y buena conocedora de su hijo, le obligaba a acudir al servicio religioso cada domingo temprano, para que no se dejara llevar del todo por las malas costumbres de su soltería, dejase de perseguir jovencitas y aprovechase el domingo para centrarse en encontrar a una mujer buena con la que pudiera sentar aquella cabeza llena de pájaros y darle nietos de una dichosa vez.

Distraído en desdoblar el periódico, dejó su borsalino de fieltro sobre la silla vacía de la mesa que quedaba a su lado.

Ella abrió la puerta y el Café se llenó de la cálida brisa de media mañana otoñal. Traje gris oscuro entallado, marcando una fina cintura y redondeada cadera. Un tocado negro, sencillo y con redecilla coronaba su brillante cabello negro recogido. Labial rojo, tez pálida, pestañas espesas y oscuras que enmarcaban unos ojos ligeramente hinchados y enrojecidos.

Sin duda por haber llorado, conjeturó él.

Se detuvo unos segundos con gesto femenino para colocar un cigarrillo en una boquilla larga y lo encendió con gestos elegantes y precisos. Del humo que expiraba lento por sus perfectamente perfilados y carnosos labios se desprendía una melancolía infinita. A pesar de la tristeza que destilaba, su delicado perfil se mantenía con la barbilla alta y orgullosa.

Humo

Le hipnotizaba algo más allá de aquella belleza turbadora. Era aquella aflicción la que abría mil interrogantes en su mente. ¿Qué podía haberle causado una pena tan profunda a aquella mujer?

Ella reanudó el paso y pidió con una leve sonrisa un café solo al camarero, mientras se dirigía a la mesa donde reposaba el borsalino. Él lo retiró galantemente para cederle el asiento, gesto le permitió quedarse sentado ladeado hacia ella, de una forma que le permitía observarla discretamente. Tal era la atención que despertaba en él.

De reojo vio como sacaba de su bolso una carta ya abierta y desdoblaba su contenido. Su prudencia solo le permitió alcanzar a leer una última frase: “Lo siento, pero no te amo”. La frase resonó en su interior y pronto sintió una punzada de colateral culpabilidad.

¿Cuántas veces había dedicado frases similares a aquellas muchachas con las que solo pretendía compartir algunos ratos divertidos, sabiendo que para ellas era algo más y con la convicción de que no volvería a verlas?

Nunca antes se había parado a pensar que podía infligir aquel dolor en ellas. Él jamás accedía a quedar con ellas tras romper. Por cobardía, por evitar una posible escena de recriminación y enfado. Por egoísmo. Pero nunca imaginó que aquella tristeza que ahora conseguía traspasarle era lo que quizás sucedía después de que él les enviase una triste y anodina carta como aquella, diciendo que no podían verse más.

Supo en ese momento que se había comportado como un auténtico cretino.

Un leve sollozo que ella dejó escapar entre sus labios, le sacó de su ensoñación. Él, como accionado por un resorte, buscó rápido en su bolsillo su inmaculado pañuelo de hilo bordado con sus iniciales y ofrecérselo, a lo que ella respondió irguiendo su postura. Levantó su perfecta barbilla, le clavó una orgullosa mirada y espetó un gélido “Gracias, pero no.” Todo el daño que podían haberle causado se concentraba en aquellos ojos, y se lo devolvía multipicado por el dolor y dando intensidad a una mirada difícil de sostener.

Pagó su café, se incorporó, siempre elegante y abandonó el local, dejando tras de sí una estela de dolor y entereza mezclándose con las volutas de humo de su cigarrillo, que continuaron flotando caprichosas en el aire, bastante tiempo después de que ella hubiese desaparecido.

Él se quedó sentado, aún con el pañuelo en la mano y pensando en que había recibido el rechazo más leve, pero también el más merecido de su vida.

Una tarde con el jovencito Frankenstein

¡Qué maravilloso el día en que, tras varias semanas sintiendo molestias en una muela, decides que no es cuestión de dejarlo pasar más días (más de los que ya han pasado, quiero decir) y pides hora en el dentista!

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Tienes miedo, sí, pero cuando el dolor supera al miedo, sabes que ha llegado tu hora y llamas para pedir cita. Porque además estás segura de que cuantos más días pasen, más feo se va a poner, y con el tiempo, las cosas malas de por sí, solo van a peor.

Siempre.

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Así que rezando para que sólo sea un empaste simple, fácil y rapidito, cuando llega el día D sin pensártelo mucho (más), vas a la consulta como cerdito al matadero en San Martín.

Y cuando te sientas en esa suerte de potro de tortura, el jovencísimo dentista, que estás casi convencida de que está en prácticas de becario, empieza a observarte mientras abres la boca más que el león de la Metro Goldwyn Mayer, que piensas que si se acerca un poco más te lo vas a tragar sin masticar, desencajando las mandíbulas cual boa constrictor. Al cabo de varios minutos eternos empiezas a incomodarte por sus circunspectos “ummms”, y sus caras de desaprobación mientras no quita ojo de tu pobre muela.

Y antes de que el jovencito Frankenstein abra su boca para emitir su veredicto con cara de gravedad, a ti, que no puedes cerrar la tuya, aunque quieras, ya te empieza a temblar todo. Bolsillo incluido.

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Finalmente, te deja cerrar la boca y esperas su sentencia: Una complicación en un antiguo empaste te está tocando un nervio (y por lo que duele, el alma también te la está tocando) y hay que hacer una endodoncia. De entrada, no sabes lo que es pero ya te suena chungo. Y cuando te explica que hay que matar el nervio tocado y que va a ser un proceso de 3 días porque hay que ir dejando que se cure, con antibióticos y toda la historia, lo confirmas. Ya no hay duda: es algo MUY chungo.

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Pero lo peor es que como el dentista, que es muy profesional pero que no hay duda de que acaba de volver de su Erasmus, no está del todo seguro, llama a un colega para que reconfirme su diagnóstico. Y entonces de repente se produce el mágico momento, y como en un viaje astral, te ves a ti misma desde arriba, gracias a un espejo que hay estratégicamente situado en el techo (¿en serio esto es SOLO una consulta de dentista?), tumbada bajo la atenta mirada de dos jóvenes médicos. Y aunque tenga elementos de sueño erótico, la situación tira más a pesadilla… ¿erótica?

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No contentos con la certificación del segundo dentista, deciden llamar a un tercero, que se une a la fiesta y comienzas a tener complejo de pozo de los deseos con tres personas asomadas a tu boca. Y es justo en ese momento cuando te arrepientes de haber elegido el Little black dress que tan bien te sienta (porque el negro estiliza, esto es así) pero que trepa por las piernas en cuanto te sientas, y más si lo haces en una especie de silla-camilla, donde patas arriba, ya pierdes el poco glamour que te quedaba.

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Una vez decidido que sí, que lo matan, que el nervio está afectado y que hay que ponerse manos a la obra, proceden a pincharte la anestesia, y ya no sabes si estás más preocupada por la matanza de tu pobre nervio o por vigilar que la falda no suba más allá de lo estrictamente decente.

¡Dios bendiga la anestesia!

Porque a la que empieza a hacerte efecto ya te da igual un poco todo. Te relajas, te entra algo de sueño, y entonces lo del vestido trepador te parece una tontería… al lado de que se te caiga la baba por la comisura dormida, ya que no controlas la mitad de tus músculos faciales ¡Bravíssssima!

Aunque luego piensas: “¡Bah! Están acostumbrados a ver babas cayendo cada día!” A lo que quizá no están tan acostumbrados es a ver los cuatro pelos locos del bigotillo que hace días que no te depilas. Eso si que no hay quien lo disimule bajo la luz del foco, esa que es tan fuerte que estás dispuesta incluso a confesar que fuiste tú y solo tú quien asesinó a JFK.

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Y ahí ya solo rezas para que: 1) el dentista esté tan concentrado matando al nervio, que no repare en el “hípster moustache” que te gastas, y 2) que acabe prontito y dejes de tener esa sensación de ser Two face.

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Y al cabo de un par de horas, con suerte, ya estás lista y te puedes ir a casita, con un nervio menos, pero eso sí, con los nervios restantes de punta pensando en la próxima visita y la factura final.

La ventaja de la intuición

Ella le observó desde la cama. La puerta del lavabo estaba entornada mientras él, tras ducharse y creyéndola aún dormida, miraba serio la imagen que el espejo le devolvía.

Pero ella no dormía, solo permanecía muy quieta mirando y admirando el cuerpo que había sentido muy suyo durante varios meses. A pesar de que sabía que esa había sido su última noche.

Se habían conocido de forma casual en el típico local de café para llevar en un área de empresas. Hora punta justo antes de entrar a las oficinas, cafetería de metal que servía café industrial, muy azucarado, muy caliente, muy artificial, muy necesario para abordar la jornada. Aquel día la “máquina” bien engrasada de producción nipona se estropeó y se formó una cola interminable de zombies aún muy dormidos sedientos de cafeína. Lo extraño era encontrarse con una cara amable en ese entorno tan hostil como un pasaje de “1984”.

Cafe

Y sin embargo, allí estaba él, derritiendo todo el hielo de aquella mañana de invierno con una sonrisa.

 

Ella se giró casualmente por esa típica sensación de cuando nos sentimos observados, y se encontró con su mirada divertida dos personas por detrás de ella. Abrumada, apartó rápidamente la mirada devolviéndola al frente, donde las camareras seguían sin poder arreglar la avería de la cafetera perfecta. Imperfecta justo esa mañana.

Seguía notando la fuerza de la mirada de aquel chico en su nuca y al cabo de unos segundos no pudo evitar volver su vista de nuevo hacia él. Sí, sin duda la miraba a ella y le sonreía dando calor y color a sus mejillas, y a todo su cuerpo, a pesar de que en la calle empezaba a chispear bajo un cielo gris plomo.

Los zombies de la cola, ya malhumorados empezaban a desesperarse, pasaban unos minutos de las 9 y debían estar ya en sus oficinas, así que empezaron a resignarse ante la idea de que no iban a poder tomarse su dosis esa mañana. Algunos empezaron a abandonar la cola y él ganó aquellos dos espacios que le separaban de ella, poniéndose muy cerca de su espalda. A ella no le hizo falta girarse para saber que le tenía justo detrás y no pudo evitar que una sonrisa se le escapase entre sus labios apretados.

La máquina volvió a funcionar y cuando llegó el turno de ella, él se apresuró a pedir dos cafés con leche. Ella le miró sorprendida, él le guiño un ojo y le dijo “Te gusta con la leche fría ¿verdad?”. “No -mintió ella- y no deberías colarte”.

“¿No? -respondió él con cara cómicamente contrariada y rascándose la cabeza- Juraría que toda esta semana te he oído pedir cada día el café con la leche fría…”. Desconcertada, tras un segundo, rompió a reír, rindiéndose al descarado encanto de aquel chico. Todo intento de resistencia fue en vano y aceptó cuando, después de tomar ese primer café juntos, la invitó a cenar un día de la siguiente semana.

Tras esa cena vino un cine, y después un teatro. A lo que le siguió un fin de semana en un hotelito rural en la montaña. Sus barreras iniciales fueron cayendo una a una. Él destilaba energía y alegría y juntos lo pasaban muy bien. Sin duda era alguien con quien podría plantearse algo serio. Pero ¿podría él?

A pesar de que no era un hombre que parecía ocultar nada relevante, tampoco sentía una entrega total y transparente por su parte, como la que ella empezaba a necesitar mostrar. De alguna forma, ella percibía que una línea fina en invisible, apenas perceptible, les separaba.

Apenas habían hablado de su pasado, pero sí que conocía una historia que le había marcado algunos años atrás. Aunque él había tenido muchas aventuras con varias mujeres, sólo se había enamorado una vez y fue de Blanca. A pesar de que ella no era celosa, y solo habían hablado de su exnovia en esa ocasión y sin mucho detalle, sentía cómo la sombra de Blanca le pesaba como una losa. Él no era el tipo de hombre sentimental ni enamoradizo, por lo que sabía que aquella había sido una historia importante. Ni tan solo el hecho de saber que había roto él, la tranquilizó.

Sin embargo, decidió apartar esa preocupación y apostar por su historia. En cualquier caso, no quería pensar más en el pasado. Ellos dos también podían tener una gran historia, incluso más grande que la anterior. ¿Por qué no?

Pero esa noche…  Esa noche le notó diferente. Maldita intuición. ¿Por qué a veces notamos, sentimos, sabemos que algo no va bien, incluso cuando no es evidente para nadie más?

Hubiese dado lo que fuese por no haberlo notado, por no haber visto que más allá de aquella sonrisa amplia y tranquila que ella empezaba a amar, sus ojos no la miraban como siempre. Que sus manos hoy distraídas, no buscaban su cintura, ni acariciar su piel como solía hacer.

Y luego, la confirmación velada: él la acompañó a casa después de cenar con la intención de no quedarse a pasar la noche porque a la mañana siguiente debía madrugar.

Pero ella, aun sabiendo que ya le había perdido, quiso robarle una noche más.

Sentía que Blanca había vuelto de alguna manera, porque en el comportamiento de él se reconocía a sí misma en sus propias historias del pasado. Ella también había tenido un amor inolvidable que había reentrado en su vida haciéndola dejar todo para volver con él. Podía leerlo en sus ojos. Y sabía que pasar una noche más con él, solo significaría un dolor mayor al día siguiente.

Aun así, escogió ese dolor. Siempre sería menor que el que le provocaba solo pensar que no volvería a abrazarle más. No era falta de dignidad, no era falta de amor propio, ella se conocía bien, sólo quería una noche más. La última.

No iba a negarlo, claro que albergaba la diminuta esperanza de que solo fuese una mala interpretación, de que, en realidad, todo siguiese igual entre ellos… pero sabía que era una probabilidad ínfima.

Aun así, le pidió que se quedase con ella esa noche. Y él no pudo negarse.

Tras vestirse, se sentó en el borde de la cama. Ella aún estaba tendida, cubierta únicamente por la sábana, vulnerable. La miró fijamente sin acariciarle la cara como solía hacer. Ella cerró los ojos y esperó sus palabras como el reo que espera el disparo de gracia: “El viernes me encontré con Blanca en el trabajo.”. Ella se incorporó, apoyó un dedo en sus labios y serena le dijo: “No sigas, lo sé, no necesito que me expliques, prefiero no saber más. Hemos llegado tan lejos como podíamos llegar. Yo hubiese continuado, pero este camino que tú has recorrido lo recorrí yo antes en otra historia y sé que tú y yo no tenemos más vía que caminar juntos. Vete, estaré bien, estarás bien. Permíteme que no te acompañe a la puerta, a ninguno de los dos nos gustan las despedidas. Cuídate.”

La miró sorprendido, ella le devolvió la mirada convencida, firme y con una suave sonrisa en los labios. Él triste, bajo los ojos. Aunque realmente había querido formar junto a ella una pareja sólida, siempre sintió que faltaba algo y en cuanto vio a Blanca de nuevo, supo que nunca había vuelto a ser tan feliz como lo había sido con ella. No sabía si la podría recuperar, lo que sí sabía es que no podía, no debía lastimar a aquella mujer que tenía frente a él y que tanto cariño le había dado en los últimos meses.

Antes de cerrar la puerta tras de sí, esperó un segundo, tomó aire y dudó por un instante. Sabía que podía estar equivocándose, pero por una vez, debía seguir las indicaciones de su corazón. Cerró los ojos y encajó la puerta sin hacer ruido.

Ella esperó en la cama, sentada con las rodillas abrazadas un minuto más y luego se levantó. Mientras se duchaba, se permitió derramar las últimas lágrimas por lo que pudo haber sido. Cuando salió de la ducha se secó ojos y cuerpo, y se vistió. Se preparó un café con la leche fría y miró por la ventana. Fuera empezaba el verano, toda una vida le estaba esperando. No era el día en que todo acababa, era el día en que todo estaba empezando.

Vio su reflejo en el cristal de la ventana y aún con cierta tristeza, se sonrió.

El libro de las mutaciones

Tenía sólo una hora para comer, y en ese tiempo solía devorar rápido el contenido de su fiambrera y luego bajaba corriendo a la calle para pasear y sentir, al menos durante un ratito al día, el sol y el aire en la cara. Pero ese verano estaba siendo especialmente caluroso, por lo que pasaba muchos ratos de su mediodía buscando sombras. Y fue así como encontró aquella oscura y vieja librería que estaba medio escondida en un chaflán del Eixample Esquerre.

La descubrió por casualidad un día que buscaba un regalo para un amigo. Paseando distraída vio la pequeña y oscura entrada, con un cartel de madera desvencijada donde rezaba City Lights Booksellers and Publishers, como la famosa librería de San Francisco. Una vez atravesó el umbral se dio cuenta de que quedaba inmediatamente atrapada por la magia de aquel lugar. No era muy grande pero estrechos pasillos tenuemente iluminados se abrían como las alas de una polilla ante la luz mostrando miles y miles de libros nuevos y usados, conteniendo mil historias, mil cuentos, mil argumentos hambrientos de ser devorados por ojos ávidos de fantasía.

No tenía mucho tiempo, de modo que cuando vio “1984” de Orwell, le pareció una excelente opción y se dirigió a la caja, donde estaba la única persona que parecía trabajar en la librería, una mujer de mediana edad, vestida de forma algo estrafalaria. Leía un pequeño libro sentada al lado de la caja, una de esas enormes antiguas de metal con teclas grandes y redondas, que tan bien encajaban en aquel espacio. Parecía absorta en la lectura, pero salió de su concentración con una alegre sonrisa y dejando que sus gafas de lectura cayesen suspendidas por una cadenita de colores sobre su pecho.

-“Buena elección, niña”- le dijo tomando el libro de George Orwell. A lo que la chica, mientras pagaba, respondió dudosa: – “Eso espero, es un regalo”.

La mujer la miró profundamente y le dijo sonriendo enigmática: “En ese caso, permíteme que yo te haga un regalo a ti”. Se agachó bajo la enorme caja registradora y volvió a aparecer con un libro. La chica sonrió agradecida. Pensó que se trataba de un regalo de promoción hasta que vió que se trataba de la edición antiquísima de un grueso libro usado.

-”Este libro te ayudará.”

Cuando lo tomó entre sus manos tuvo que pasar un dedo por la portada para apartar la fina patina de polvo que la cubría y poder leer “I ching”. Levantó la mirada para preguntar a la mujer sobre el libro, pero ya no estaba. ¿Cómo había podido desaparecer con tanto sigilo? No había podido ni tan sólo darle las gracias. Y lo más importante, no había podido preguntarle a qué se refería con que le ayudaría. ¿A qué se refería? Se encogió de hombros, tomó los dos libros y salió de nuevo al exterior, donde el sol de mediodía la cegó por unos segundos.

Consultó su reloj, aún disponía de 15 minutos antes de regrasar a la oficina, por lo que decidió tomarse un café en una terraza de la calle Enrique Granados. Se sentó a una mesita y cuando le trajeron su cortado con hielo, se puso las gafas de leer que tanta rabia le daba tener que usar, y empezó a ojear el “I ching”.

Vio que bajo el título principal aparecía, a modo de traducción, la acotación “El libro de los cambios” y le resultó inspirador. Se trataba de un texto clásico chino de más de 3000 años de antigüedad que según la introducción, había sido escrito por un rey y su hijo bajo la supervisión de un monje taoísta, aunque siglos después había sido revisado por Confucio. Al parecer el libro trataba de ser un compendio de símbolos que trata de describir acciones, acontecimientos y relaciones y cómo cambian en función del paso del tiempo.

Le sonó algo confuso pero al parecer el libro era una especie de guía espiritual al que recurrir ante los dilemas de la vida. Su funcionamiento se basaba en formular una pregunta sobre algún aspecto sobre el que se desase arrojar luz y tras lanzar varias veces 3 monedas y en función de la combinación en que caían, se consultaba en el libro la respuesta.

Anexa encontró una explicación de los pasos a seguir para la correcta interpretación de las tiradas de la monedas para luego leer el capítulo del I ching, que da las respuestas.

De pronto cerró el libro de golpe y puso los ojos en blanco al descubrirse a sí misma tan interesada en esa especie de oráculo chino que tenía entre las manos, y fantaseando con que ese libro antiguo podría darle la respuesta a la decisión que le rondaba la cabeza y no acababa de determinar.

¿Cómo podía seguir siendo tan inocente a esas alturas de la película? Se rió de sí misma por haber depositado sus esperanzas por unos minutos en un aparente “libro mágico”.

Apuró su café y volvió a la rutina de su oficina.

Al acabar otra aburrida jornada, tomó con cierto alivio, el metro para volver a casa.

El vaivén del metro tenía la capacidad de sumirla en una especie de trance, donde empezaba a dar vueltas a todo aquello que la preocupaba. El trabajo, el futuro, qué podría hacer para acabar con aquella sensación de estancamiento…

De repente una voz masculina la sacó de su ensimismamiento. Vio a un chico con el pelo por los hombros y barba cuidada que la miraba con unos profundos ojos verdes. Ella balbuceó un: “¿Disculpa?” sin estar del todo segura de si le había hablado a ella, a lo que él contestó sonriendo y señalando el libro que ella apretaba contra su pecho: “Te preguntaba que si tienes las monedas”. Ella miró soprendida el “I Ching” que llevaba en las manos y contestó negando con la cabeza. Luego añadió, “Me lo han regalado hoy, no sé cómo funciona”.

Él soltó una simpática carcajada y apoyándose en la pared del vagón junto a ella y le dijo “A ver, no es un IPhone, es un libro, sólo que para consultarlo y leerlo, las monedas  son el vehículo que te guiarán por sus páginas”… Ella volvió a mirar el libro y lo hojeó rápidamente para preguntar: “¿Entonces el “I Ching” te da respuestas a través de estos capítulos?“, él suspiro antes de contestar: “A ver, la lectura está muy basada en simbologías,  pero si abres tu mente y tu corazón, es muy posible que encuentres respuestas a tus preguntas”.

Ella, perdiendo todo atisbo de su timidez inicial, insistió, perdiéndose en el verde de aquellos ojos: “Pero si le preguntas, ¿él te contesta la verdad?”…. El metro se detuvo en la siguiente parada, y él, cómplice, le tocó el hombro antes de bajar, diciendo con un guiño “¿Por qué no lo averiguas?”.

Fue tan rápido que sólo atinó a decirle adios con la mano desde la ventana mientras el metro arrancaba de nuevo.

A esas alturas ya sentía muchísima curiosidad por lo que a pesar del cansancio, en cuanto llegó a casa se puso a investigar en internet sobre toda la información que pudo encontrar sobre el “I Ching”. Ya no podía resistirse y a peser de su excepticismo innato, quería probar suerte y preguntarle a ese libro cuál era la decisión correcta a tomar. Hacía tiempo que le rondaba la idea por la mente pero mil temores y la incertidumbre la detenían. ¿Y si el “I Ching” tenía la respuesta?

Buscó en su pequeño monedero plateado, 3 monedas comunes iguales (wikipedia decía que no era necesario que las monedas fueran chinas) y a continuación, tras concentrarse en la pregunta que le rondaba la cabeza,  hizo paso a paso todo lo que el capítulo de “Cómo consultar “El libro del cambio”” indicaba. Tras navegar entre hexagramas y trigramas chinos llegó por fin a la lectura que daba respuesta a su pregunta: “La pisada”, que hablaba de lo importante que era la firmeza a la hora de pisar la cola a un tigre sin ser mordido.

Lo cierto es que tras la lectura del capítulo, que le resultó demasiado vago y carente de claridad, se sintió exactamente igual que antes de leerlo. No sonaron truenos ni vio relámpagos a través de la ventana… Ni aparecieron estrellas fugaces en el cielo ni fuegos fatuos en su salón. Se sintió un decepcionada… y también un poco tonta.

Decidió irse a descansar y olvidarse del “I Ching” y de cualquier otro oráculo adivinatorio. ¿Cómo había podido dejarse llevar por algo tan infantil? ¿Cómo habia podido pensar por un sólo instante que un libro podía solucionar sus problemas? Seguía igual de confusa y ahora además se sentía como una absoluta ingenua y algo enfadada consigo misma.

Al día siguiente, a pesar de que intentaba apartar de su mente toda la historia de “El libro de las mutaciones”, no podía dejar de pensar en ello. Había algo en él que la atraía de una forma que no podía controlar. Así que a la hora de comer, tras otra mañana anodina en el trabajo, regresó al City Lights Booksellers and Publishers con la intención de pedir explicaciones a la librera peculiar.

Cuando entró en la librería tuvo que acomodar por unos segundos sus sensibles ojos del sol de verano que estallaba en la calle a la oscuridad que reinaba en el interior. El City Lights estaba desierto, como siempre. La librera  no estaba en la caja, y en su lugar un pequeño haz de luz que provenía de una lámpara antigua, hacía volar partículas de polvo, confiriendo un aire enigmático al lugar. Resopló un poco fastidiada por ese entorno misterioso que le había hecho creer en la magia desde el día anterior.

De repente un roce sobre su hombro izquierdo le hizo pegar un respingo. Cuando se giró se encontró con la sonrisa amable de la librera que le dijo: “Perdona niña, no quería asustarte. ¿Puedo ayudarte en algo?”. Algo molesta, la chica respondió, “Sí, espero que sí, ayer me regalaste este libro, me dijiste que me ayudaría. He leído, he buscado y ahora sé que es un oráculo chino al que se consultan cuestiones sobre la vida y él te contesta, pero no entiendo nada. Esta especie de fábulas son un cuento chino. Nunca mejor dicho.”

Lo dijo todo seguido, atropellada y casi sin respirar. Cuando acabó se sintió un poco avergonzada porque la librera seguía sonriéndole amable como siempre. Cerró los ojos un segundo y musitó un: “Lo siento”. Luego continuó, “Es que jamás había oído hablar de este libro y desde ayer parece que todo el mundo lo conoce y sabe como funciona y yo me siento estúpida, por creer que un libro mágico me va a dar respuestas”.

La librera soltó una alegre carcajada mientras tomaba el libro de entre sus manos y dejaba caer sus graciosas gafas desde la punta de su nariz para quedar colgando sobre su pecho. Luego cogió cariñosamente los hombros de la chica y la hizo sentar en una escalerita que servía para alcanzar los libros de las estanterías más altas, al tiempo que ella se sentaba en una vieja butaca con orejeras que había en una esquina.

“Niña, no lo has entendido. ¿En serio pensabas que era un libro mágico y que lo ibas a consultar como una bola de cristal o como a los arcanos de un Tarot y te iba a dar solución a tu desazón?” Y volvió a reir suavemente, lo que molestó a la chica, que se removió incomoda en la escalera.

“No, niña, no. La magia existe, ¡claro que sí! Pero sólo está en ti”. La chica frunció el ceño.

“Habrás oído mil veces que nuestro cerebro sólo utiliza una pequeña porción de su capacidad. Esa parte consciente es sólo la punta del iceberg, bajo el agua está toda la parte subconsciente, el trozo más grande de hielo. Y ahí, niña querida, ahí es donde están escondidas todas tus respuestas. El “I Ching” es sólo un vehículo para sacar a la luz algo que está en ti. Algo que ya sabes. La clave del camino que debes elegir”.

La chica se quedó sorprendida. Era tan simple como esclarecedor.

“Todo está en tí, en tu alma y en tu corazón. Formula tu pregunta y lee con tus sentimientos no con la razón. Encontrarás tu respuesta, porque la respuesta ya está dentro de ti”.

Se miraron durante unos segundos. La librera con su sonrisa amable, la chica con los ojos muy abiertos, con esa expresión de quien más allá de entender con la mente, ha comprendido algo nuevo con el corazón.

La librera dio por terminada la conversación levantándose y depositando el “I Ching” en el regazo de la chica. Le acarició la mejilla en un gesto cariñoso antes de desaparecer por uno de los pasillos oscuros cuajado de libros mientras decía. “´Tú ya sabes lo que tienes que hacer, niña, no lo dudes. El “I Ching” es sólo el farol que puede alumbrar el principio de tu camino”.

Y allí, con la tenue luz de la librería, rebuscó en el libro y volvió a leer el capítulo de “La pisada”

… Caminar, firmeza, aventura, atravesar el cambio con éxito…

Cerró el libro y lo apretó contra su pecho, sonriendo.

Sí, sin duda hoy mismo hablaría con su jefe para dejar el trabajo. Se trasladaría a Londres unos meses para hacer la formación que hacía tantos años que quería hacer.

Iba a pisar la cola del tigre con firmeza. Y no iba a ser mordida por él.

Monedas

Historias pequeñas, pequeñas historias

Él era un tipo descarnado, duro, algo agrio y decidido. Ella era dulce, con un punto de inocencia, muy diplomática y extremadamente tímida con las personas que no conocía.

Y contra todo pronóstico, se encontraron.

Ambos llegaban heridos en el alma y agotados por haber librado mil batallas. Desconfiados, algo huraños y sin ningún crédito para ofrecer al otro.

Y contra toda predicción, se acercaron.

Él no buscaba a nadie y la encontró. Ella, a pesar de la pérdida de fe, quería seguir creyendo en el amor que no encontraba y tropezó con él. Se arrollaron mutuamente.

Y contra todo presagio, encajaron.

Por un instante en el tiempo conectaron. Él creyó en la princesa que no esperaba. Ella se intuyó a sí misma en los ojos de él, a pesar de su descrédito.

Se cruzaron, entrelazaron y confiaron el uno en el otro. Porque en el fondo, desde puntos muy lejanos y opuestos deseaban cruzarse, entrelazarse y volver a confiar.

Pronto, ella vio que la rudeza de él nada tenía que ver con ella. Él sintió que la suavidad de ella no era lo que él esperaba en su vida. Y lo que en un tiempo parecía engranar como la maquinaria de un reloj, saltó por los aires convirtiéndoles de nuevo en dos perfectos desconocidos. Sin discusiones, sin desencuentros, sin amargura.

El viento que les hizo encontrarse de repente sopló más fuerte y les alejó al uno del otro llevándoselo todo.

Poco después apenas pensaban ya en el tiempo compartido juntos, quedó atrás como un sueño lejano. No había nostalgia, no había melancolía, no buscaban el cuerpo del otro al amanecer en sus camas de nuevo vacías.

Era una historia del amor que no fue, un tiempo prendido en el aire que no les dejó más que algún vacuo recuerdo cuando se desvaneció sin más.

Porque no todas las historias encienden el alma. No todas llenan el corazón.

Pero hay que vivirlas deliberadamente, enfrentarlas y agotarlas. Porque cuando llega una de verdad, que te sacude por dentro, que te inunda de Luz, y te hace estremecer, todas estas pequeñas historias hacen que sea más intensa, real y única.

Y contra todo augurio, el viento, una vez más, se llevará todo lo demás.

Vettriano bici