Una tarde con el jovencito Frankenstein

¡Qué maravilloso el día en que, tras varias semanas sintiendo molestias en una muela, decides que no es cuestión de dejarlo pasar más días (más de los que ya han pasado, quiero decir) y pides hora en el dentista!

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Tienes miedo, sí, pero cuando el dolor supera al miedo, sabes que ha llegado tu hora y llamas para pedir cita. Porque además estás segura de que cuantos más días pasen, más feo se va a poner, y con el tiempo, las cosas malas de por sí, solo van a peor.

Siempre.

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Así que rezando para que sólo sea un empaste simple, fácil y rapidito, cuando llega el día D sin pensártelo mucho (más), vas a la consulta como cerdito al matadero en San Martín.

Y cuando te sientas en esa suerte de potro de tortura, el jovencísimo dentista, que estás casi convencida de que está en prácticas de becario, empieza a observarte mientras abres la boca más que el león de la Metro Goldwyn Mayer, que piensas que si se acerca un poco más te lo vas a tragar sin masticar, desencajando las mandíbulas cual boa constrictor. Al cabo de varios minutos eternos empiezas a incomodarte por sus circunspectos “ummms”, y sus caras de desaprobación mientras no quita ojo de tu pobre muela.

Y antes de que el jovencito Frankenstein abra su boca para emitir su veredicto con cara de gravedad, a ti, que no puedes cerrar la tuya, aunque quieras, ya te empieza a temblar todo. Bolsillo incluido.

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Finalmente, te deja cerrar la boca y esperas su sentencia: Una complicación en un antiguo empaste te está tocando un nervio (y por lo que duele, el alma también te la está tocando) y hay que hacer una endodoncia. De entrada, no sabes lo que es pero ya te suena chungo. Y cuando te explica que hay que matar el nervio tocado y que va a ser un proceso de 3 días porque hay que ir dejando que se cure, con antibióticos y toda la historia, lo confirmas. Ya no hay duda: es algo MUY chungo.

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Pero lo peor es que como el dentista, que es muy profesional pero que no hay duda de que acaba de volver de su Erasmus, no está del todo seguro, llama a un colega para que reconfirme su diagnóstico. Y entonces de repente se produce el mágico momento, y como en un viaje astral, te ves a ti misma desde arriba, gracias a un espejo que hay estratégicamente situado en el techo (¿en serio esto es SOLO una consulta de dentista?), tumbada bajo la atenta mirada de dos jóvenes médicos. Y aunque tenga elementos de sueño erótico, la situación tira más a pesadilla… ¿erótica?

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No contentos con la certificación del segundo dentista, deciden llamar a un tercero, que se une a la fiesta y comienzas a tener complejo de pozo de los deseos con tres personas asomadas a tu boca. Y es justo en ese momento cuando te arrepientes de haber elegido el Little black dress que tan bien te sienta (porque el negro estiliza, esto es así) pero que trepa por las piernas en cuanto te sientas, y más si lo haces en una especie de silla-camilla, donde patas arriba, ya pierdes el poco glamour que te quedaba.

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Una vez decidido que sí, que lo matan, que el nervio está afectado y que hay que ponerse manos a la obra, proceden a pincharte la anestesia, y ya no sabes si estás más preocupada por la matanza de tu pobre nervio o por vigilar que la falda no suba más allá de lo estrictamente decente.

¡Dios bendiga la anestesia!

Porque a la que empieza a hacerte efecto ya te da igual un poco todo. Te relajas, te entra algo de sueño, y entonces lo del vestido trepador te parece una tontería… al lado de que se te caiga la baba por la comisura dormida, ya que no controlas la mitad de tus músculos faciales ¡Bravíssssima!

Aunque luego piensas: “¡Bah! Están acostumbrados a ver babas cayendo cada día!” A lo que quizá no están tan acostumbrados es a ver los cuatro pelos locos del bigotillo que hace días que no te depilas. Eso si que no hay quien lo disimule bajo la luz del foco, esa que es tan fuerte que estás dispuesta incluso a confesar que fuiste tú y solo tú quien asesinó a JFK.

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Y ahí ya solo rezas para que: 1) el dentista esté tan concentrado matando al nervio, que no repare en el “hípster moustache” que te gastas, y 2) que acabe prontito y dejes de tener esa sensación de ser Two face.

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Y al cabo de un par de horas, con suerte, ya estás lista y te puedes ir a casita, con un nervio menos, pero eso sí, con los nervios restantes de punta pensando en la próxima visita y la factura final.

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La ventaja de la intuición

Ella le observó desde la cama. La puerta del lavabo estaba entornada mientras él, tras ducharse y creyéndola aún dormida, miraba serio la imagen que el espejo le devolvía.

Pero ella no dormía, solo permanecía muy quieta mirando y admirando el cuerpo que había sentido muy suyo durante varios meses. A pesar de que sabía que esa había sido su última noche.

Se habían conocido de forma casual en el típico local de café para llevar en un área de empresas. Hora punta justo antes de entrar a las oficinas, cafetería de metal que servía café industrial, muy azucarado, muy caliente, muy artificial, muy necesario para abordar la jornada. Aquel día la “máquina” bien engrasada de producción nipona se estropeó y se formó una cola interminable de zombies aún muy dormidos sedientos de cafeína. Lo extraño era encontrarse con una cara amable en ese entorno tan hostil como un pasaje de “1984”.

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Y sin embargo, allí estaba él, derritiendo todo el hielo de aquella mañana de invierno con una sonrisa.

 

Ella se giró casualmente por esa típica sensación de cuando nos sentimos observados, y se encontró con su mirada divertida dos personas por detrás de ella. Abrumada, apartó rápidamente la mirada devolviéndola al frente, donde las camareras seguían sin poder arreglar la avería de la cafetera perfecta. Imperfecta justo esa mañana.

Seguía notando la fuerza de la mirada de aquel chico en su nuca y al cabo de unos segundos no pudo evitar volver su vista de nuevo hacia él. Sí, sin duda la miraba a ella y le sonreía dando calor y color a sus mejillas, y a todo su cuerpo, a pesar de que en la calle empezaba a chispear bajo un cielo gris plomo.

Los zombies de la cola, ya malhumorados empezaban a desesperarse, pasaban unos minutos de las 9 y debían estar ya en sus oficinas, así que empezaron a resignarse ante la idea de que no iban a poder tomarse su dosis esa mañana. Algunos empezaron a abandonar la cola y él ganó aquellos dos espacios que le separaban de ella, poniéndose muy cerca de su espalda. A ella no le hizo falta girarse para saber que le tenía justo detrás y no pudo evitar que una sonrisa se le escapase entre sus labios apretados.

La máquina volvió a funcionar y cuando llegó el turno de ella, él se apresuró a pedir dos cafés con leche. Ella le miró sorprendida, él le guiño un ojo y le dijo “Te gusta con la leche fría ¿verdad?”. “No -mintió ella- y no deberías colarte”.

“¿No? -respondió él con cara cómicamente contrariada y rascándose la cabeza- Juraría que toda esta semana te he oído pedir cada día el café con la leche fría…”. Desconcertada, tras un segundo, rompió a reír, rindiéndose al descarado encanto de aquel chico. Todo intento de resistencia fue en vano y aceptó cuando, después de tomar ese primer café juntos, la invitó a cenar un día de la siguiente semana.

Tras esa cena vino un cine, y después un teatro. A lo que le siguió un fin de semana en un hotelito rural en la montaña. Sus barreras iniciales fueron cayendo una a una. Él destilaba energía y alegría y juntos lo pasaban muy bien. Sin duda era alguien con quien podría plantearse algo serio. Pero ¿podría él?

A pesar de que no era un hombre que parecía ocultar nada relevante, tampoco sentía una entrega total y transparente por su parte, como la que ella empezaba a necesitar mostrar. De alguna forma, ella percibía que una línea fina en invisible, apenas perceptible, les separaba.

Apenas habían hablado de su pasado, pero sí que conocía una historia que le había marcado algunos años atrás. Aunque él había tenido muchas aventuras con varias mujeres, sólo se había enamorado una vez y fue de Blanca. A pesar de que ella no era celosa, y solo habían hablado de su exnovia en esa ocasión y sin mucho detalle, sentía cómo la sombra de Blanca le pesaba como una losa. Él no era el tipo de hombre sentimental ni enamoradizo, por lo que sabía que aquella había sido una historia importante. Ni tan solo el hecho de saber que había roto él, la tranquilizó.

Sin embargo, decidió apartar esa preocupación y apostar por su historia. En cualquier caso, no quería pensar más en el pasado. Ellos dos también podían tener una gran historia, incluso más grande que la anterior. ¿Por qué no?

Pero esa noche…  Esa noche le notó diferente. Maldita intuición. ¿Por qué a veces notamos, sentimos, sabemos que algo no va bien, incluso cuando no es evidente para nadie más?

Hubiese dado lo que fuese por no haberlo notado, por no haber visto que más allá de aquella sonrisa amplia y tranquila que ella empezaba a amar, sus ojos no la miraban como siempre. Que sus manos hoy distraídas, no buscaban su cintura, ni acariciar su piel como solía hacer.

Y luego, la confirmación velada: él la acompañó a casa después de cenar con la intención de no quedarse a pasar la noche porque a la mañana siguiente debía madrugar.

Pero ella, aun sabiendo que ya le había perdido, quiso robarle una noche más.

Sentía que Blanca había vuelto de alguna manera, porque en el comportamiento de él se reconocía a sí misma en sus propias historias del pasado. Ella también había tenido un amor inolvidable que había reentrado en su vida haciéndola dejar todo para volver con él. Podía leerlo en sus ojos. Y sabía que pasar una noche más con él, solo significaría un dolor mayor al día siguiente.

Aun así, escogió ese dolor. Siempre sería menor que el que le provocaba solo pensar que no volvería a abrazarle más. No era falta de dignidad, no era falta de amor propio, ella se conocía bien, sólo quería una noche más. La última.

No iba a negarlo, claro que albergaba la diminuta esperanza de que solo fuese una mala interpretación, de que, en realidad, todo siguiese igual entre ellos… pero sabía que era una probabilidad ínfima.

Aun así, le pidió que se quedase con ella esa noche. Y él no pudo negarse.

Tras vestirse, se sentó en el borde de la cama. Ella aún estaba tendida, cubierta únicamente por la sábana, vulnerable. La miró fijamente sin acariciarle la cara como solía hacer. Ella cerró los ojos y esperó sus palabras como el reo que espera el disparo de gracia: “El viernes me encontré con Blanca en el trabajo.”. Ella se incorporó, apoyó un dedo en sus labios y serena le dijo: “No sigas, lo sé, no necesito que me expliques, prefiero no saber más. Hemos llegado tan lejos como podíamos llegar. Yo hubiese continuado, pero este camino que tú has recorrido lo recorrí yo antes en otra historia y sé que tú y yo no tenemos más vía que caminar juntos. Vete, estaré bien, estarás bien. Permíteme que no te acompañe a la puerta, a ninguno de los dos nos gustan las despedidas. Cuídate.”

La miró sorprendido, ella le devolvió la mirada convencida, firme y con una suave sonrisa en los labios. Él triste, bajo los ojos. Aunque realmente había querido formar junto a ella una pareja sólida, siempre sintió que faltaba algo y en cuanto vio a Blanca de nuevo, supo que nunca había vuelto a ser tan feliz como lo había sido con ella. No sabía si la podría recuperar, lo que sí sabía es que no podía, no debía lastimar a aquella mujer que tenía frente a él y que tanto cariño le había dado en los últimos meses.

Antes de cerrar la puerta tras de sí, esperó un segundo, tomó aire y dudó por un instante. Sabía que podía estar equivocándose, pero por una vez, debía seguir las indicaciones de su corazón. Cerró los ojos y encajó la puerta sin hacer ruido.

Ella esperó en la cama, sentada con las rodillas abrazadas un minuto más y luego se levantó. Mientras se duchaba, se permitió derramar las últimas lágrimas por lo que pudo haber sido. Cuando salió de la ducha se secó ojos y cuerpo, y se vistió. Se preparó un café con la leche fría y miró por la ventana. Fuera empezaba el verano, toda una vida le estaba esperando. No era el día en que todo acababa, era el día en que todo estaba empezando.

Vio su reflejo en el cristal de la ventana y aún con cierta tristeza, se sonrió.

El libro de las mutaciones

Tenía sólo una hora para comer, y en ese tiempo solía devorar rápido el contenido de su fiambrera y luego bajaba corriendo a la calle para pasear y sentir, al menos durante un ratito al día, el sol y el aire en la cara. Pero ese verano estaba siendo especialmente caluroso, por lo que pasaba muchos ratos de su mediodía buscando sombras. Y fue así como encontró aquella oscura y vieja librería que estaba medio escondida en un chaflán del Eixample Esquerre.

La descubrió por casualidad un día que buscaba un regalo para un amigo. Paseando distraída vio la pequeña y oscura entrada, con un cartel de madera desvencijada donde rezaba City Lights Booksellers and Publishers, como la famosa librería de San Francisco. Una vez atravesó el umbral se dio cuenta de que quedaba inmediatamente atrapada por la magia de aquel lugar. No era muy grande pero estrechos pasillos tenuemente iluminados se abrían como las alas de una polilla ante la luz mostrando miles y miles de libros nuevos y usados, conteniendo mil historias, mil cuentos, mil argumentos hambrientos de ser devorados por ojos ávidos de fantasía.

No tenía mucho tiempo, de modo que cuando vio “1984” de Orwell, le pareció una excelente opción y se dirigió a la caja, donde estaba la única persona que parecía trabajar en la librería, una mujer de mediana edad, vestida de forma algo estrafalaria. Leía un pequeño libro sentada al lado de la caja, una de esas enormes antiguas de metal con teclas grandes y redondas, que tan bien encajaban en aquel espacio. Parecía absorta en la lectura, pero salió de su concentración con una alegre sonrisa y dejando que sus gafas de lectura cayesen suspendidas por una cadenita de colores sobre su pecho.

-“Buena elección, niña”- le dijo tomando el libro de George Orwell. A lo que la chica, mientras pagaba, respondió dudosa: – “Eso espero, es un regalo”.

La mujer la miró profundamente y le dijo sonriendo enigmática: “En ese caso, permíteme que yo te haga un regalo a ti”. Se agachó bajo la enorme caja registradora y volvió a aparecer con un libro. La chica sonrió agradecida. Pensó que se trataba de un regalo de promoción hasta que vió que se trataba de la edición antiquísima de un grueso libro usado.

-”Este libro te ayudará.”

Cuando lo tomó entre sus manos tuvo que pasar un dedo por la portada para apartar la fina patina de polvo que la cubría y poder leer “I ching”. Levantó la mirada para preguntar a la mujer sobre el libro, pero ya no estaba. ¿Cómo había podido desaparecer con tanto sigilo? No había podido ni tan sólo darle las gracias. Y lo más importante, no había podido preguntarle a qué se refería con que le ayudaría. ¿A qué se refería? Se encogió de hombros, tomó los dos libros y salió de nuevo al exterior, donde el sol de mediodía la cegó por unos segundos.

Consultó su reloj, aún disponía de 15 minutos antes de regrasar a la oficina, por lo que decidió tomarse un café en una terraza de la calle Enrique Granados. Se sentó a una mesita y cuando le trajeron su cortado con hielo, se puso las gafas de leer que tanta rabia le daba tener que usar, y empezó a ojear el “I ching”.

Vio que bajo el título principal aparecía, a modo de traducción, la acotación “El libro de los cambios” y le resultó inspirador. Se trataba de un texto clásico chino de más de 3000 años de antigüedad que según la introducción, había sido escrito por un rey y su hijo bajo la supervisión de un monje taoísta, aunque siglos después había sido revisado por Confucio. Al parecer el libro trataba de ser un compendio de símbolos que trata de describir acciones, acontecimientos y relaciones y cómo cambian en función del paso del tiempo.

Le sonó algo confuso pero al parecer el libro era una especie de guía espiritual al que recurrir ante los dilemas de la vida. Su funcionamiento se basaba en formular una pregunta sobre algún aspecto sobre el que se desase arrojar luz y tras lanzar varias veces 3 monedas y en función de la combinación en que caían, se consultaba en el libro la respuesta.

Anexa encontró una explicación de los pasos a seguir para la correcta interpretación de las tiradas de la monedas para luego leer el capítulo del I ching, que da las respuestas.

De pronto cerró el libro de golpe y puso los ojos en blanco al descubrirse a sí misma tan interesada en esa especie de oráculo chino que tenía entre las manos, y fantaseando con que ese libro antiguo podría darle la respuesta a la decisión que le rondaba la cabeza y no acababa de determinar.

¿Cómo podía seguir siendo tan inocente a esas alturas de la película? Se rió de sí misma por haber depositado sus esperanzas por unos minutos en un aparente “libro mágico”.

Apuró su café y volvió a la rutina de su oficina.

Al acabar otra aburrida jornada, tomó con cierto alivio, el metro para volver a casa.

El vaivén del metro tenía la capacidad de sumirla en una especie de trance, donde empezaba a dar vueltas a todo aquello que la preocupaba. El trabajo, el futuro, qué podría hacer para acabar con aquella sensación de estancamiento…

De repente una voz masculina la sacó de su ensimismamiento. Vio a un chico con el pelo por los hombros y barba cuidada que la miraba con unos profundos ojos verdes. Ella balbuceó un: “¿Disculpa?” sin estar del todo segura de si le había hablado a ella, a lo que él contestó sonriendo y señalando el libro que ella apretaba contra su pecho: “Te preguntaba que si tienes las monedas”. Ella miró soprendida el “I Ching” que llevaba en las manos y contestó negando con la cabeza. Luego añadió, “Me lo han regalado hoy, no sé cómo funciona”.

Él soltó una simpática carcajada y apoyándose en la pared del vagón junto a ella y le dijo “A ver, no es un IPhone, es un libro, sólo que para consultarlo y leerlo, las monedas  son el vehículo que te guiarán por sus páginas”… Ella volvió a mirar el libro y lo hojeó rápidamente para preguntar: “¿Entonces el “I Ching” te da respuestas a través de estos capítulos?“, él suspiro antes de contestar: “A ver, la lectura está muy basada en simbologías,  pero si abres tu mente y tu corazón, es muy posible que encuentres respuestas a tus preguntas”.

Ella, perdiendo todo atisbo de su timidez inicial, insistió, perdiéndose en el verde de aquellos ojos: “Pero si le preguntas, ¿él te contesta la verdad?”…. El metro se detuvo en la siguiente parada, y él, cómplice, le tocó el hombro antes de bajar, diciendo con un guiño “¿Por qué no lo averiguas?”.

Fue tan rápido que sólo atinó a decirle adios con la mano desde la ventana mientras el metro arrancaba de nuevo.

A esas alturas ya sentía muchísima curiosidad por lo que a pesar del cansancio, en cuanto llegó a casa se puso a investigar en internet sobre toda la información que pudo encontrar sobre el “I Ching”. Ya no podía resistirse y a peser de su excepticismo innato, quería probar suerte y preguntarle a ese libro cuál era la decisión correcta a tomar. Hacía tiempo que le rondaba la idea por la mente pero mil temores y la incertidumbre la detenían. ¿Y si el “I Ching” tenía la respuesta?

Buscó en su pequeño monedero plateado, 3 monedas comunes iguales (wikipedia decía que no era necesario que las monedas fueran chinas) y a continuación, tras concentrarse en la pregunta que le rondaba la cabeza,  hizo paso a paso todo lo que el capítulo de “Cómo consultar “El libro del cambio”” indicaba. Tras navegar entre hexagramas y trigramas chinos llegó por fin a la lectura que daba respuesta a su pregunta: “La pisada”, que hablaba de lo importante que era la firmeza a la hora de pisar la cola a un tigre sin ser mordido.

Lo cierto es que tras la lectura del capítulo, que le resultó demasiado vago y carente de claridad, se sintió exactamente igual que antes de leerlo. No sonaron truenos ni vio relámpagos a través de la ventana… Ni aparecieron estrellas fugaces en el cielo ni fuegos fatuos en su salón. Se sintió un decepcionada… y también un poco tonta.

Decidió irse a descansar y olvidarse del “I Ching” y de cualquier otro oráculo adivinatorio. ¿Cómo había podido dejarse llevar por algo tan infantil? ¿Cómo habia podido pensar por un sólo instante que un libro podía solucionar sus problemas? Seguía igual de confusa y ahora además se sentía como una absoluta ingenua y algo enfadada consigo misma.

Al día siguiente, a pesar de que intentaba apartar de su mente toda la historia de “El libro de las mutaciones”, no podía dejar de pensar en ello. Había algo en él que la atraía de una forma que no podía controlar. Así que a la hora de comer, tras otra mañana anodina en el trabajo, regresó al City Lights Booksellers and Publishers con la intención de pedir explicaciones a la librera peculiar.

Cuando entró en la librería tuvo que acomodar por unos segundos sus sensibles ojos del sol de verano que estallaba en la calle a la oscuridad que reinaba en el interior. El City Lights estaba desierto, como siempre. La librera  no estaba en la caja, y en su lugar un pequeño haz de luz que provenía de una lámpara antigua, hacía volar partículas de polvo, confiriendo un aire enigmático al lugar. Resopló un poco fastidiada por ese entorno misterioso que le había hecho creer en la magia desde el día anterior.

De repente un roce sobre su hombro izquierdo le hizo pegar un respingo. Cuando se giró se encontró con la sonrisa amable de la librera que le dijo: “Perdona niña, no quería asustarte. ¿Puedo ayudarte en algo?”. Algo molesta, la chica respondió, “Sí, espero que sí, ayer me regalaste este libro, me dijiste que me ayudaría. He leído, he buscado y ahora sé que es un oráculo chino al que se consultan cuestiones sobre la vida y él te contesta, pero no entiendo nada. Esta especie de fábulas son un cuento chino. Nunca mejor dicho.”

Lo dijo todo seguido, atropellada y casi sin respirar. Cuando acabó se sintió un poco avergonzada porque la librera seguía sonriéndole amable como siempre. Cerró los ojos un segundo y musitó un: “Lo siento”. Luego continuó, “Es que jamás había oído hablar de este libro y desde ayer parece que todo el mundo lo conoce y sabe como funciona y yo me siento estúpida, por creer que un libro mágico me va a dar respuestas”.

La librera soltó una alegre carcajada mientras tomaba el libro de entre sus manos y dejaba caer sus graciosas gafas desde la punta de su nariz para quedar colgando sobre su pecho. Luego cogió cariñosamente los hombros de la chica y la hizo sentar en una escalerita que servía para alcanzar los libros de las estanterías más altas, al tiempo que ella se sentaba en una vieja butaca con orejeras que había en una esquina.

“Niña, no lo has entendido. ¿En serio pensabas que era un libro mágico y que lo ibas a consultar como una bola de cristal o como a los arcanos de un Tarot y te iba a dar solución a tu desazón?” Y volvió a reir suavemente, lo que molestó a la chica, que se removió incomoda en la escalera.

“No, niña, no. La magia existe, ¡claro que sí! Pero sólo está en ti”. La chica frunció el ceño.

“Habrás oído mil veces que nuestro cerebro sólo utiliza una pequeña porción de su capacidad. Esa parte consciente es sólo la punta del iceberg, bajo el agua está toda la parte subconsciente, el trozo más grande de hielo. Y ahí, niña querida, ahí es donde están escondidas todas tus respuestas. El “I Ching” es sólo un vehículo para sacar a la luz algo que está en ti. Algo que ya sabes. La clave del camino que debes elegir”.

La chica se quedó sorprendida. Era tan simple como esclarecedor.

“Todo está en tí, en tu alma y en tu corazón. Formula tu pregunta y lee con tus sentimientos no con la razón. Encontrarás tu respuesta, porque la respuesta ya está dentro de ti”.

Se miraron durante unos segundos. La librera con su sonrisa amable, la chica con los ojos muy abiertos, con esa expresión de quien más allá de entender con la mente, ha comprendido algo nuevo con el corazón.

La librera dio por terminada la conversación levantándose y depositando el “I Ching” en el regazo de la chica. Le acarició la mejilla en un gesto cariñoso antes de desaparecer por uno de los pasillos oscuros cuajado de libros mientras decía. “´Tú ya sabes lo que tienes que hacer, niña, no lo dudes. El “I Ching” es sólo el farol que puede alumbrar el principio de tu camino”.

Y allí, con la tenue luz de la librería, rebuscó en el libro y volvió a leer el capítulo de “La pisada”

… Caminar, firmeza, aventura, atravesar el cambio con éxito…

Cerró el libro y lo apretó contra su pecho, sonriendo.

Sí, sin duda hoy mismo hablaría con su jefe para dejar el trabajo. Se trasladaría a Londres unos meses para hacer la formación que hacía tantos años que quería hacer.

Iba a pisar la cola del tigre con firmeza. Y no iba a ser mordida por él.

Monedas

Historias pequeñas, pequeñas historias

Él era un tipo descarnado, duro, algo agrio y decidido. Ella era dulce, con un punto de inocencia, muy diplomática y extremadamente tímida con las personas que no conocía.

Y contra todo pronóstico, se encontraron.

Ambos llegaban heridos en el alma y agotados por haber librado mil batallas. Desconfiados, algo huraños y sin ningún crédito para ofrecer al otro.

Y contra toda predicción, se acercaron.

Él no buscaba a nadie y la encontró. Ella, a pesar de la pérdida de fe, quería seguir creyendo en el amor que no encontraba y tropezó con él. Se arrollaron mutuamente.

Y contra todo presagio, encajaron.

Por un instante en el tiempo conectaron. Él creyó en la princesa que no esperaba. Ella se intuyó a sí misma en los ojos de él, a pesar de su descrédito.

Se cruzaron, entrelazaron y confiaron el uno en el otro. Porque en el fondo, desde puntos muy lejanos y opuestos deseaban cruzarse, entrelazarse y volver a confiar.

Pronto, ella vio que la rudeza de él nada tenía que ver con ella. Él sintió que la suavidad de ella no era lo que él esperaba en su vida. Y lo que en un tiempo parecía engranar como la maquinaria de un reloj, saltó por los aires convirtiéndoles de nuevo en dos perfectos desconocidos. Sin discusiones, sin desencuentros, sin amargura.

El viento que les hizo encontrarse de repente sopló más fuerte y les alejó al uno del otro llevándoselo todo.

Poco después apenas pensaban ya en el tiempo compartido juntos, quedó atrás como un sueño lejano. No había nostalgia, no había melancolía, no buscaban el cuerpo del otro al amanecer en sus camas de nuevo vacías.

Era una historia del amor que no fue, un tiempo prendido en el aire que no les dejó más que algún vacuo recuerdo cuando se desvaneció sin más.

Porque no todas las historias encienden el alma. No todas llenan el corazón.

Pero hay que vivirlas deliberadamente, enfrentarlas y agotarlas. Porque cuando llega una de verdad, que te sacude por dentro, que te inunda de Luz, y te hace estremecer, todas estas pequeñas historias hacen que sea más intensa, real y única.

Y contra todo augurio, el viento, una vez más, se llevará todo lo demás.

Vettriano bici

Un mar de esperanza

Hacía casi un mes que había partido como voluntario a Lesbos para ayudar a socorrer a los refugiados que llegaban a la costa de la pequeña isla. Durante ese tiempo estuvo inmerso en la experiencia y teníamos el contacto justo para saber que todo iba bien.

Sin embargo los cortos mensajes de whatsapp no eran suficientes para saber lo que realmente estaba pasando más allá de las situaciones que yo misma veía y escuchaba en las noticias.

La noche en que quedamos para cenar a su regreso, más allá de su habitual alegría y sentido del humor, me pareció percibir en su mirada algo más profundo, un punto entre la calma y la tristeza, pero con un transfondo que no acababa de descifrar.

Durante la cena, más serenamente de lo que era habitual en él, fue desgranando poco a poco todo lo que había vivido. Al principio, como quien quiere abordar un tema complicado empezando de una forma suave, me describió la impresionante riqueza, en parte salvaje, que reinaba en la isla helénica.

Me explicó todo lo que tenía que ofrecer ese rincón mágico semi desconocido del Mediterráneo, poblada por pintorescos anfitriones improvisados, de corazón y brazos abiertos y por ovejas, muchas ovejas, que a él y a los demás voluntarios, les habían regalado los momentos más simpáticos de su estancia. Habló encantado de las exquisitas frutas y hortalizas que la misma tierra, llena del mismo sentimiento de acogida que sus habitantes, ofrecía a sus inesperados y desesperados huéspedes: los refugiados.

Mientras hablaba, cada vez más, iba descubriendo en sus ojos una luz diferente a la que había visto desde que le conocía. Era emoción y… algo más.

Me habló de la increíble calidad humana de los voluntarios que conoció allí, esas personas que han detenido sus vidas tal y como las conocían hasta ese momento, sólo para ayudar e iniciar otra vida, una más real, generosa y entregada a personas totalmente desamparadas que no hablan su mismo idioma, que tal vez no tienen su mismo color de piel, pero con las que tienen en común el mismo derecho a la vida. Una vida digna.

Me contó que aquellas personas, que ya no tienen nada que perder, se lanzan al mar con lo puesto y con lo que la guerra ha dejado de sus familias, a recorrer sobre barcas precarias y falsos chalecos salvavidas casi 14 km de mar, ateridos de miedo y frío. Muchos de ellos es la primera vez que ven el mar, y en el peor de los casos, la última. Son familias con niños y bebés, obligados a viajar separados en diferentes embarcaciones por los mismos traficantes con el objetivo de doblegar aún más su voluntad y exprimir al máximo la poca riqueza que ya pueda restarles. Son seres humanos a los que han desprovisto de su tierra, de sus bienes y casi de su propia entidad.

Con la pena dibujada en su cara me explicó cómo los voluntarios al llegar a la costa se encuentran a personas con hipotermia, deshidratación y dominadas por el pánico,  y cómo ellos tratan de darles calor, agua, alimentos y a base de amor, recordarles que, a pesar de todo, nadie puede arrebatarles su dignidad humana.

Lesbos

A medida que avanzaba el tiempo, mientras cenábamos, sus ojos me miraban sin verme, con cierto velo de dolor en la mirada y aquel algo más que yo seguía sin descubrir, cuando me contaba que en las guardias nocturnas se le clavaron en los oídos, en la mente y en el corazón los gritos y lamentos de dolor y terror que parecía proferir el mismo mar, cuando alguna balsa se acercaba a la orilla de la isla. Algo que no olvidará jamás.

Al despedirnos le pedí que me dijese en una sola palabra qué se había traído grabado en su alma para siempre; entonces cerró los ojos por un segundo, después miró al cielo de la noche que ya nos había atrapado y contestó no sin antes dudar un momento: “Es difícil escoger una sola palabra…. Amor, generosidad, alma… pero si tuviese que decirte una sola que recogiese todo, te diría HUMANIDAD”.

Y fue justo en ese instante cuando descubrí qué era aquello que llevaba viendo toda la noche en el fondo de sus ojos.

Antes de separarnos le abracé fuerte en un intento de “robarle” sólo un poquito de todas aquellas cosas buenas que había traído de “su” isla. Esa isla donde cada día siguen conviviendo la vida y la muerte, el terror y la esperanza, el bien y el mal…

Definitivamente, no existe nada más humano.

Despertares

Se despertó aun temblando. Había soñado que caminaba sobre la nieve en medio de una tempestad. Sintió que el frío aún le atenazaba el cuerpo y se encogió bajo el grueso edredón de invierno que cubría su cama.

Cerró los ojos con esa sensación anhelante de poder disfrutar 5 minutos más antes de poner un pie en el mundo real. Una vez transcurridos miró a su derecha y le vio girado de espaldas a ella, en el otro extremo de la cama, con su cuerpo a un abismo de su propio cuerpo y sintió como el ánimo se le acababa de congelar.

La imagen, un tanto descorazonadora, la empujó a salir de la cama. Pensó que en otro tiempo, al despertar de una pesadilla así, le hubiese buscado a tientas para encontrar consuelo y calor en sus brazos. Sin embargo ahora, prefería dejar que el agua casi hirviendo de la ducha le arrancase el frío que se había instalado en su cuerpo y en su alma.

Mientras salía de la ducha, volvió a pensar en el sueño… Nunca le había gustado el frío. A la que empezaba a refrescar el clima en otoño, enseguida se le entumecían las manos y los pies y se le ponían las uñas de color violáceo. Por esa misma razón jamás se le dio bien esquiar. No le encontraba ningún sentido a lo mal que lo pasaba practicando un deporte a la intemperie bajo 0. ¿Qué gracia tenía? Ninguna.

Se recogió el cabello en una toalla y se puso el albornoz, no sin antes echar un vistazo a su cuerpo desnudo reflejado en el espejo… trató de buscar señales del paso del tiempo… Pensó que su falta de buena memoria le ayudaría a envejecer sin demasiadas angustias… no recordaba cómo era su cuerpo cuando tenía 20 años… así que no lo echaba de menos. Trató de sonreírse y guiñarse un ojo buscando su propia complicidad mientras se cubría para dirigirse a la cocina a preparar su café favorito del día.

Era toda una liturgia perfectamente sincronizada: ponía el pan en la tostadora mientras enchufaba la máquina de café, a continuación calentaba la leche que hacía sonar el microondas casi al mismo tiempo que saltaban las tostadas listas y la lucecita de la máquina dejaba de parpadear avisando de que estaba lista para emanar el suero de la vida, el oro líquido, el maná después del ayuno nocturno, tan necesario para volver a la vida cada mañana.

Justo cuando hacía equilibrios con la taza gigante de café con leche en una mano, el plato con las tostadas en la otra,  y la mantequilla y la mermelada en ambos antebrazos, a la vez que mantenía la cabeza hacia atrás para que la dichosa toalla no le cayese sobre los ojos, oyó en el dormitorio  como él se desperezaba e iba hacia la ducha.

Mientras encendía la tele para ver qué le deparaba el mundo y mordisqueaba una tostada distraída, se preguntó cuánto tiempo hacía que no se abrazaban al despertar. Recordaba que lo habían hecho cada mañana durante los primeros años, no importaba lo temprano que fuese o lo dormidos que estuviesen… Cada mañana del mundo se despertaban y lo primero que hacían era buscar al otro para fundirse en un abrazo, como si eso fuera el hechizo mágico que les iba a propiciar un día de lo más feliz. Sonrió con nostalgia recordando cómo a veces, aquellos abrazos iban a más.

Salió de su ensoñación de un portazo. El que él había dado al salir del lavabo tras la ducha y entonces apareció con el pelo mojado y arremolinado  sobre la frente y una toalla anudada a la cintura. La miró sonriendo brevemente y ella no pudo menos que admirar aquel cuerpo prácticamente perfecto que tan bien conocía. Hombros anchos, brazos fuertes, pectorales y abdominales bien esculpidos… Sí, sin duda la naturaleza le había regalado una genética de infarto. Pero ni él se acercó a darle un beso de buenos días, ni ella se levantó a abrazarle… Era así desde hacía ya demasiado tiempo. Y aunque era algo a lo que se había acostumbrado, no dejaba de entristecerle.

Una vez vestida, peinada y maquillada fue a cerrar la ventana de la habitación que había abierto para ventilar el cuarto. La estancia se había enfriado con el viento gélido de aquella mañana de invierno y sintió un escalofrío recordando su sueño. Se preguntó si ese sueño no era un reflejo de su vida en pareja. Cogió el abrigo y salió junto a él de casa. Bajaron juntos en el ascensor en completo silencio y al llegar al portal se dieron un amago de abrazo sin efusión y tomaron caminos contrarios.

Mientras esperaba en el andén llegó el metro lleno a rebosar de pasajeros que iban a sus trabajos en hora punta. Sin alma, con las miradas vacías, lentos en sus movimientos… era como el más gore de los capítulos de “The walking dead”… y se sintió desprotegida sin la ballesta de Daryl. Rió para sí misma por la ocurrencia y tomando aire profundamente entró en el vagón y trató de hacerse camino hasta la barra de sujeción. Le costó un par de codazos en las costillas y un pisotón, pero consiguió agarrarse. Trató de buscar la parte del hierro que estaba menos caliente, fantaseando con la idea de que estuviera menos manoseada.

Era casi misión imposible, pero encajada entre un ancianito con cara de simpático y una señora enorme, trató de sacar su libro y continuar la historia donde la había dejado el día anterior. Pensó que para su cumpleaños se regalaría un e-book, para inmediatamente después rectificarse por enésima vez y reafirmarse en lo mucho que prefería el tacto de un libro, el sonido, color y olor de sus páginas. Todo esto mientras hacía equilibrios sobre sus tacones y releía por séptima vez el mismo párrafo sin acabar de enterarse de porqué el protagonista acababa de matar a su jefe.

De repente, sintió cómo un brazo desde atrás se sujetaba fuerte a la barra a escasos centímetros de su oreja derecha. Era un brazo vestido con la manga de un elegante traje muy caro, casi obsceno en un entorno tan de clase media como era donde se encontraban. Dirigió de nuevo su mirada al libro hasta que la mano de aquel brazo volvió a llamar su atención. Era la mano grande y fuerte de alguien maduro pero aún joven. Con las uñas cuidadas y bien perfiladas. Fue entonces cuando se dio cuenta del agradable olor a colonia que desprendía.

Empezó a sentir curiosidad pero le daba demasiada vergüenza girarse. Aunque a decir verdad, tampoco hubiese podido porque el sonriente abuelito y la robusta señora se lo impedían. Casi lo prefería porque así podía imaginar que el dueño de aquel fuerte y elegante brazo era un acaudalado filántropo que había decidido bajar al centro de la tierra para ver sobre el terreno como vivía un ciudadano de a pie. O bien era una especie de Bruce Wayne que tenía el Batmóvil averiado y no había tenido más remedio que coger el transporte público ¡Menuda contrariedad! Sonrió pensando en lo payasa que era y justo en ese instante el metro frenó en seco haciendo un ruido escalofriante, zarandeando a todos los pasajeros y haciéndole perder el equilibrio hasta casi caer. Casi, porque el brazo misterioso la cogió de la cintura antes de que se precipitase sobre el ancianito feliz que había conseguido agarrarse fuerte y no caer. Tras el susto inicial trató de incorporarse y al mirarse la cintura vio como el brazo trajeado la sujetaba firmemente. Cuando recuperó la verticalidad se giró para darle las gracias al resto del cuerpo y entonces se topó con unos ojos increíbles que le sonreían y una boca preciosa que le decía “Sujétate bien, bella”.

Notó como subía el calor a sus mejillas, lo que la avisaba  de que también había subido el consabido color rojo, por lo que tras susurrar un tímido “gracias”, volvió a su posición inicial de espaldas a él. Su héroe particular colocó de nuevo el brazo a la altura aproximada de su cuello. El metro reanudó su marcha mientras por los altavoces una voz masculina pedía disculpas por el incidente.

Quedaban dos paradas para llegar a su destino y estaba absurdamente nerviosa. Ahora ya sabía que tenía los brazos fuertes, olía bien y que era atractivo, además de encantador. No sabía si eran imaginaciones suyas o sintió que él estaba algo más cerca, sin llegar a tocarla, pero notaba su presencia invadiendo su espacio. Y lo peor, era que no le molestaba. Todo lo contrario. Ella subió su mano un poco más en la barra acercándola a la de él, a lo que él reaccionó bajando la suya hasta rozarla suavemente. Sin duda, era premeditado ¡estaba segura!

En esos pensamientos andaba sumergida cuando se dio cuenta de que estaban en su parada y ya sonaba el inefable pitido que avisaba de que las puertas estaban a punto de cerrarse. Pegó un respingo y salió corriendo hacia la salida sorteando al resto de pasajeros hasta que cruzó las puertas en el mismo instante en que se cerraban, a la vez que se torcía un tobillo por la rapidez de su huida.Metro London

Sujetándose el tobillo dolorido, se giró justo a tiempo de verle sonreír a través de la ventana, mientas agitaba la cabeza divertido por la escena.

Acertó a saludarle con la mano mientras el metro se alejaba. De repente se vio a si misma a la pata coja, agitando su libro despidiendo a un tren que ya estaba demasiado lejos y con una sonrisa boba en la cara.

Bajó el pie al suelo, guardó su libro en el bolso y echó a andar con una ligera cojera mientras se recolocaba la ropa. Aquello no era normal. Un desconocido le había hecho sentir más emociones en un trayecto en metro que su novio en los últimos 3 meses. Sintió un nudo en el estómago pero estaba segura.

Cogió el móvil de su bolso, marcó el número y cuando él contestó, sólo dijo: “Tenemos que hablar”.

 

Ayer, hoy y todo lo demás

Unos más y otros menos, hay ocasiones en que dejamos que la bruma espesa de la nostalgia nos atrape. De repente una canción en el coche, el aroma de la colonia de alguien que pasa por tu lado, una peli que ponen por enésima vez en la tele, nos llevan a un lugar donde el recuerdo se convierte en el oxígeno que entra en nuestros pulmones y, sin tener en cuenta ninguna ley de anatomía, hace que el corazón se encoja en nuestro pecho y con cada pulsión te dispara hacia el pasado, como si viajaras en la máquina del tiempo de H.G. Wells.

A veces es un pasado feliz, a veces no, pero por unos momentos te instalas allí y sientes en cada milímetro de tu piel todas aquellas sensaciones ya vividas, como si estuviesen sucediendo ahora mismo. Una risa, una caricia, un gesto, un guiño, una conversación, un beso sin fin…

No sabes por qué, hay temporadas en que haces esos “viajes” más a menudo, y tienes la impresión de estar estancado, atrapado en una irrealidad que ya no existe y que de alguna manera no te permite avanzar.

Y entonces parece que vives dos vidas a la vez: la que los demás ven y la otra. Esa que no confiesas a nadie, esa que tu jefe jamás podría adivinar escuchándote hablar con clientes sin titubear y con determinación, esa que tu amigo no imagina mientras tomáis una cerveza, esa que tu hermana no puede ni pensar mientras vais de compras.

Esa otra vida te lleva a tropezar en la calle con la gente o te hace bajar dos paradas más allá de tu estación, porque en realidad tú no estás allí, tú estás en aquella ciudad donde pasaste unos días inolvidables, en aquella montaña compartiendo risas o en aquel fin de año histórico. Y estás con aquella pareja de la que ya no sabes nada, con aquel amigo con el que perdiste el contacto o con aquel familiar que ya no está.

Te puedes llegar a aturdir tanto, que en momentos de total soledad y silencio miras el móvil de reojo rezando para que entre un mensaje de alguien que te devuelva al presente, a la realidad. Al menos a la realidad de ahora, de esa hora que marca un teléfono que insiste en seguir mudo.

CarrieSin embargo, llega un día en que algo se dispara en tu interior, sientes que una pieza que llevaba días buscando su hueco ha conseguido encajar en el centro de tu alma. Y te levantas cuando aún está amaneciendo y te descubres siendo capaz de adivinar los primeros rayos de luz atravesando las nubes. Y te tomas un café y sabe mejor que otros días. Y te miras al espejo y te sonríes. Y entonces a solas contigo piensas que ningún tiempo pasado fue mejor y sabes que has vuelto al hoy, que has regresado al ahora.

 

Que has dejado de estar prendido a esa pareja, a ese amigo, a ese familiar que ya no están. Por el motivo que sea, pero ya no están. Y no estarán.

Y te sientes nuevo, limpio, brillante, y sobre todo muy dispuesto a empezar a escribir nuevas páginas de tu historia. Porque sabes que queda mucho por escribir, mucho que vivir, mucho por contar y para eso hay que renacer tras cada cuento que se acaba.

Para poder decir en voz alta y muy clara:

“Érase una vez…”